Wednesday, May 16, 2007

¿Para qué repetir el año?

¿Qué hago con el uniforme de verano? es la pregunta que se hacen muchos alumnos de tercer año el último día de septiembre. Desde el primero de octubre hasta la graduación en marzo sólo vestirán el uniforme de invierno, ese que tiene un poquito de lana en la tela, camisa manga larga y se puede completar con un suéter o un abrigo. Los que tienen hermanos o primos pequeños lo guardarán, otros los llevarán a algún mercado de pulgas, los sentimentale lo conservarán como recuerdo de aquellos años y alguna que otra madre pragmática lo usará como trapito de limpiar tatamis. Lo que a nadie le pasa por la cabeza es que el próximo año el alumno todavía esté en tercer año. A pesar de los horrores que presagian tantos profesionales del comunicado e intelectuales de foto en grupo, el sistema educativo que no admite ni prevee la repetición del curso no es la receta impelable para el desmoronamiento de la civilización ni el primer paso hacia la ruina como nación. Al contrario, quitar la odiosa competencia de los primeros años parece ser bastante efectivo a la hora de crear solidaridad y espíritu de cooperación entre los compañeros. En la escuela primaria no tenemos notas ni aplazados, pero hay un esfuerzo grande en llevar a toda la clase hasta cierto nivel. Hay veces en las que esto no es posible, pero sin embargo los niños tienen garantizado su pase al año siguiente, lo cual no deja de ser una lección de tolerancia hacia el que puede menos.

El derecho a la educación pública, gratuita y obligatoria desde los 7 hasta los 15 años, consagrado en las leyes, implica que el niño tiene acceso a una escuela pública a una distancia razonable de su casa, que los padres violan la ley si no mandan al niño a la escuela y que, siendo obligatoria, el sistema no va a poner dificultades justamente para recibirla.

No, no es el afán por mejores notas que las del vecino de pupitre, ni por el regalo que vendrá con el final del curso lo que hace que el niño tome interés por sus estudios, haga sus tareas y se esfuerce en llevar sus actividades académicas a feliz término. A lo mejor la satisfacción de hacer las cosas bien es mayor que la de hacerlas; a lo mejor la zanahoria y el garrote es para los caballos; a lo mejor el gusto por hacer las cosas que toca, sin promesas ni castigos sea una cualidad que se pierde a medida que se van ganando años. ¡Quién sabe! Lo que si es seguro es que para algunos no hay cosa más difícil que aceptar que ese traje que nos sentaba tan bien, ya no es útil, que hay que dejárselo a los más pequeños o cortarlo en pedazos para limpiar y por eso se empeñan en repetir, en repetir, en repetir.

M.C.

¡Ciento ocho pecados!

Desde finales del siglo pasado, mi amigo Luis recibe el año nuevo con un jojoto en la mano. Meticulosa y elegantemente va desgranando el jojoto y junto con las campanadas de la noche vieja se va comiendo los granos uno a uno, hasta completar el número de meses en el calendario de nuestros hermanos mayas: diez y ocho. Así recibe el año nuevo sin atragantarse y sin preocuparse por semillas o conchas de uva y sin que sus nietos lo importunen preguntándole por qué uvas en Puerto Ordaz. Pero eso era cuando estaba en casa y oía las campanadas por cortesía de alguna emisora local.

En el año de la Alternativa Bolivariana para la América, a Luis le toco recibir el nuevo año en Japón y como hombre de mundo que es, consiguió un jojoto en un automercado y, siguiendo instrucciones de la oficina de información turística, se acercó a un templo a recibir el año con la población local. A las once y media de la noche ya había un gentío en los jardines del templo y nadie parecía tener intenciones de ponerse bajo techo, es más, por los abrigos, sombreros y guantes se veía que venían dispuestos a recibir el año a la intemperie. En estas observaciones estaba cuando lo sorprendió el primer "DOOON"; demasiado temprano. De todas maneras sacó su jojoto y se comió su primer granito que ya estaba deglutido cuando sonó el segundo DOOON; demasiado solemne. Va el segundo granito y, el tercero, el cuarto, el quinto… el doceavo, el treceavo, el catorceavo… Un señor, gentil y políglota, le hizo entender que si se ponía en la cola, alcanzaría él mismo, si Luis, el no creyente, a dar uno de los 108 campanazos con los que los budistas despiden el año viejo y reciben el año nuevo.

¿Ciento ocho campanazos? !Más de tres veces el número de figuras en un juego de ajedrez! ¿De dónde viene tan extraña cifra? Es el número de pecados que comete un ser humano, le explicó el mismo señor. Para el creyente, el escuchar las ciento ocho campanadas no sólo lo libera de estos pecados, sino que le fortifica el alma y le permite recibir el nuevo año con la página en limpio. Luis se puso a hacer memoria para identificar el centenar de pecados que cometió en el 2005, sacó la libretita en la que anota las jugadas y escribió aquella lista de los siete pecados capitales: avaricia, ira, lujuria, soberbia, gula, pereza, envidia y sólo pudo ponerle una cruz a la ira pues más de una vez había sentido el impulso, controlado a tiempo, de hacer croquetas a los malvados. Pensándolo bien, a lo mejor hay un poco de pereza uno que otro domingo, pero no tanto como para llamarla pecado, así que no la marcó.

Viendo su apuro, el nuevo amigo le siguió explicando que 108 era, como las sesenta y cuatro mil lochas, un decir, y que a la hora de los qué, todos los pecados se reducían a: avaricia, porque el que quiere más tiene que quitarle a otro; ira, porque el que se deja llevar por ésta le hace daño a un semejante; soberbia, porque el que se cree mejor no respeta a nadie y discrimina a todos; vacilación, porque el que duda cuando no obtiene resultados ¡YA! lo deja todo a medias; obstinación porque el que insiste en el error estorba el paso de los demás; la quejadera, porque no hay nada que descorazone más en una batalla que las viudas plañideras.

Armado con esta nueva vara para medir y con la tusa casi pelada, le tocó el turno a Luis, quien se afinco bien fuerte para arrancarle un muy sonoro DOOOOON a la vieja campana.

¡Feliz Año 2006! y ¡que la cosecha de maíz sea buena!

¡Qué maldita mala suerte!

Si a alguien le quedaba alguna duda de que hay un dios en los cielos que será omnipotente, omnipresente y omnipendiente, pero que tiene un pésimo sentido de la oportunidad, ésta se despejó total y dolorosamente este este 9 de diciembre. Y que conste que la ocasión fue anunciada con antelación para que no tomara a nadie, aún al más distraído, de sorpresa: esa noche, hora GMT, en la ciudad alemana de Leipzig, en transmisión en directo-vía satélite a unas doscientas cincuenta millones de personas, con la animación del colombiano Juanes y su "Camisa Negra", las manos inocentes de ídolos como Pelé, Cruyff, Beckenbauer y Milla sacarían las bolitas del el sorteo que definiría la agrupación de los equipos a enfrentarse por la Copa Mundial de Fútbol 2006. Desde temprano todo el archipiélago, o por lo menos el discreto porcentaje que representan sus fanáticos del fútbol, esperaba angustiado a que comenzara la función.

Hace apenas tres años que a Japón le tocó ser sede de esta misma Copa. Tras el shock inicial de saber que no sería Japón 2002, sino Corea-Japón 2002, inmediatamente la nación paso el suiche y se enfiestó. Hizo y remodeló estadiums a granel, preparó comités regionales de bienvenida, entrenó a guías y a voluntarios, imprimió folletos y avisos de tránsito en varios idiomas y designó a varias ciudades y pueblos como anfitriones oficiales de los equipos. Entre ellos, destacó el pueblito que sirvió de anfitrión a Camerún, país que, por razones financieras, tardó diez años luz en llegar a Japón. Todos los días el comité de bienvenida iba religiosamente hasta la estación y regresaba con las manos llenas de las flores, cintas y el bolso de piel marrón que había llevado para sus problemáticos huéspedes. Llegó el momento en el que el noticiero de la tarde comenzaba con el parte "Hoy tampoco llegó Camerún", y en retrospectiva agradecemos que nunca utilizaron ese novedoso recurso de la televisión venezolana consistente en acompañar las noticias con música de película de suspenso, pues la fanaticada se habría suicidado en masa o, peor aún, habría retirado a su equipo de la contienda para después impugnar los resultados del campeonato que de todas maneras no iban a ganar. Cuando ¡al fin! apareció Camerún, eso fue que ni Ulises.

Como este, abundan ejemplos de lo bien que se portó Japón como co-sede en el 2002. ¿Era mucho pedir, entonces, que en el sorteo le tocase algo un pelito más cómodo que el Grupo F con Brasil, Croacia y Australia? Nadie se queja de Croacia y Australia, ambos muy buenos equipos. Nadie dice que hubiese sido más fácil si la cabeza del equipo hubiese sido Inglaterra, Alemania, México, Italia, Francia o la misma Argentina, pero en estas cosas el factor psicológico es decisivo. Además de que Brasil es el actual campeón y que Japón nunca le ha ganado ni medio partido, el técnico de la selección japonesa es nada menos que "Zico", el llamado Pelé blanco, antiguo miembro de la selección brasileña y uno de los pioneros y pilares del fútbol local porque el fútbol japonés es lo que es gracias al fútbol brasileño y eso se agradece.

Pero ahora, por evidente desidia o descuido aquél que decide la suerte, los brasileños tendrán a unos cuantos millones de corazones rogando aquí y allá porque pierdan aunque sea uno de los juegos de la primera ronda, y, si no es abusar, que esta derrota sea contra la oncena de Zico quien "hoy tiene en el alma una pena y es por culpa de un sorteo". A ver si esta vez está pendiente.

M.C.

Asesinos parlamentarios

Este año, por fin, promete traer un poco de acción al proceso electoral japonés. Va de cuento.

La niña bonita del Primer Ministro Koizumi, según él mismo ha declarado, es la privatización del sistema de correos. El Ipostel japonés, guardando las distancias, pues no sólo es el correo japonés casi 100% eficiente yconfiable, sino que además es un banco de ahorros y una agencia de seguro de vida, accidentes y de educación. Dada la naturaleza conservadora del consumidor nipón, en términos de dinero acumulado el correo japonés bien podría ser uno de los mayores bancos del mundo. Por eso no es de extrañar que la privatización cuente, por un lado, con grandes defensores que aplauden la reducción en el gasto público por la desaparición de cuarenta mil empleados públicos, y la indudable ventaja de dejar que las leyes del libre mercado administren esos reales para generar mayor riqueza, y por otro lado, con grandes detractores en los sindicatos de trabajadores y entre los ahorristas maduros que temen ver el fruto del trabajo de toda una vida salir cual pelusa de ceiba a la menor crisis de la bolsa de Tokio.

Pero el Primer Ministro se ha propuesto deshacerse de las cartas y telegramas. Para ello presentó su propuesta de Ley de Privatización del Correo Nacional a la Cámara de Representantes del Parlamento, la cual no aceptó. Koizumi, sumamente enfurecido con el parlamento y con sus co-partidarios que, sin saltar talanquera alguna, se atrevieron a decir NO, decretó disolución de la cámara y adelantó las elecciones que estaban pautadas para dentro de año y medio. Vamos a contarnos, dice el Primer Ministro, vamos a ver si el pueblo quiere que yo baile ¡Mambo!

¡Vamos! dijeron los parlamentarios del SI y del NO. ¿Quién dijo miedo? Ahhhhh! Pero no contaban con la astucia del Koizumi cabeza de León. Vamos a contarnos pero con un pequeño detalle añadido a la ecuación, y decretó, en su carácter de presidente del partido, que éste no respaldará la candidatura de ningún parlamentario o parlamentaria que haya votado contra la santa voluntad y espítiru del Supremo. Yo no quiero gobernar con un parlamento en el que los diputados de mi partido estén en contra de mis ideas. Yo quiero que la democracia funcione perfectamente, esto es que el pueblo sólo pueda elegir entre candidatos que estén de acuerdo conmigo. Más democracia ni en Atenas.

Los diputados disidentes se quedaron mirando para San Felipe; sin la maquinaria del partido y sin los votos duros de éste cualquier elección se hace cuesta arriba. Para añadir sal a la herida, el partido de gobierno, el Partido Democrático Liberal, ha postulado para las ahora vacantes curules a personalidades no políticas pero de gran popularidad, que ya han recibido el cariñoso sobrenombre de “asesinos parlamentarios”. Los disidentes no se han dejado amilanar y en lo que va de semana ya se ha anunciado la fundación de dos partidos políticos que están dispuestos a demostrarle a Koizumi que “ni el Congreso ni el Partido son de su propiedad personal”. A todas estas el que está muy preocupado es el presidente del Partido Democrático de Japón, hasta ayer segunda fuerza política. Con tanto zaperoco ya los medios no le paran al PDJ y su presidente se vió en la amarga obligación de enviar una carta de reclamo a los principales periódicos pidiéndoles justa cobertura. Las elecciones son para todos.

M.C.

Trío de ases

Haciendo un recuento del año, me sorprende saber que entre los personajes que más publicidad y más cariño recibieron en el 2005 están un científico, un cantante y un revolucionario... fallecidos hace rato.

Fue este el año centenario de la publicación de la que es quizás la más famosa ecuación alguna vez escrita, e=mc2, con la cual Albert Einsten presenta su Teoría de la Relatividad y Japón lo estuvo celebrando con cientos de charlas, exposiones y programas. Einstein y su esposa estaban en ruta hacia Japón cuando se recibió el anuncio de que le había sido otorgado el Premio Nobel en Física 1921, y los japoneses, orgullosísimos, le dieron apoteósico recibimiento. De ello da fe una abundante documentación en la forma de artículos, fotografías, transcripciones, películas y relatos de cuantos testigos presenciales o de oídas que hace y hará las delicias de cualquier historiador.

El cantante es, por supuesto, el inolvidable John Lennon, de cuya muerte se cumplieron veinticinco años el pasado 8 de diciembre. La visita de los Beatles a Japón por allá por 1966 también fue de tomar palco. De la misma manera como cada maracucho y su primo estaba cruzando, acababa de cruzar o estaban pensado cruzar el lago cuando el carguero aquel partió el puente en dos, todo japonés mayor de 50 años dice haber presenciado personalmente y en primera fila la llegada, el desfile, el concierto y/o la despedida en el aeropuerto de los chicos de Liverpool, uno de ellos casado precisamente con una de las hijas de la casa, la controversial Yoko Ono. Hoy en día, la honorable viuda Ono, cuida con celo y afán la memoria de John, cuya imagen ha crecido en Japón hasta alcanzar niveles a los que nunca llegará el resto de los Beatles, por muy caballeros de su majestad que sean. Con decir que el Museo de John Lennon en Saitama recibió más de 50.000 visitantes en apenas dos meses, aproximadamente 1000 visitantes por día, si descontamos los lunes, día que permanece cerrado, vuelva otro día.

El revolucionario, sin razón numérica aparente, es nuestro coterráneo Ernesto Guevara. Desde aún antes de que la película sobre la vida de el Che llegase a las salas nacionales, los chicos y chicas tokiotas, a la vanguardia de lo que está de moda, habían redescubierto la figura del argentino, no solo en las típicas franelas con la foto de la boína, sino en la boína y en una serie de artículos relacionados con este hombre. Los puristas y los escépticos dirán que la figura edulcorada de Guevara ha sido convertida en un producto más en esta acelerada sociedad de rápido consumo, y que como tal, pronto será sustituida por una nueva figura o por un nuevo símbolo. Otros, más optimistas, piensan que el joven japonés, como otros jóvenes en el mundo sigue buscando símbolos que les den respuesta a sus múltiples interrogantes.

Una franela con la cara de Einstein sacando la lengua, o con la figura de Lennon desnudo abrazando a Yoko, o con la silueta de Ernesto fumando tabaco pueden ser objetos de consumo rápidamente desechables, pero cuando vemos que un joven o una joven deciden identificar su apariencia con la inteligencia, el humanismo, la poesía, la valentía, la solidaridad y el espíritu revolucionario, no nos queda más que soñar y dejarnos llevar por el optimismo. Y si en la tierra donde murió el Che, donde se estudia a Einsten y se escucha a Lennon, Bolivia, renace la esperanza, a lo mejor el optimismo está bien fundado

M.C.

Pague ahora, sálvese después

El undécimo mandamiento es "no confiarás en una religión que te pida/reciba dinero". Una sacerdotisa les dijo a sus fieles que para limpiar el alma tenían que deshacerse de algo material pero muy querido. ¿Qué hay más querido que el dinero? Las obedientes ovejitas llevaban sus billetes para verlos consumirse en el fuego que todo lo purifica. La señora, muy atenta y precavida, les decía que en lugar de quemar los billetes recién llegados, tan sucios y ajados, mejor quemamos estos que están aquí en esta pilita, que ya pasaron una noche frente al altar reflexionando sobre sus pecados. Usted llevaba tres billetes, ella quemaba tres de su pila. Usted llevaba un fajo y ¡con qué gusto subía aquella llama! Hasta que un león sordo y escéptico decidió revisar la pila a ser incinerada y se dio cuenta de que eran muy buenas fotocopias. En Japón es delito fotocopiar dinero y a la señora le suspendieron su licencia para engañar ingenuos… por ahora.

Durante los días más fríos del invierno, los monjes toman baños de agua fría, se sientan a meditar en habitaciones sin calefacción, salen a caminar recitando oraciones, todo ello en búsqueda de la purificación. Por una módica suma, los creyentes menos apurados pueden "comprar" ese sacrificio y ponerlo en su hoja de balances, ahorrándose una o hasta dos reencarnaciones. ¿Tú sabes indulgencias?

Sabemos que es una tontería pensar que con dinero se puede comprar algo en el otro mundo. ¿Y si uno llega y le dicen lo siento pero sólo aceptamos rieles impresos en China en 1977 o colones, también Made in China, del 2001? ¿quién responde? El espíritu es sabio, pero la carne es débil. Nos hacemos los locos pero, en el fondo sabemos que no estamos comprando la salvación del alma sino unos cuantos minutos más de cálido sueño o el bienestar de los meniscos, bienes nada abundantes en estos tiempos del reuma y la artritis. Además, se hace circular el dinero, cosa muy positiva para la economía nacional. Que una señora queme unos billetes por otros o que unos monjes pasen frío por otros, no hace infeliz a nadie, al contrario, le da cierta paz a los creyentes. Lo malo es cuando, en exquisito acto de auto engaño, pagamos para dejar en manos de los representantes del más allá, no los asuntos post-funeraria sino la administración y control de nuestros asuntos en el más acá. Cuando no sólo les pagamos para que nos entretengan un rato con un acto de piedad o para que nos decidan la dieta de los viernes, sino que les damos voz y voto en el control y orientación de la sociedad.

Más nos valdría quemar y quemar billetes, a ver si los monjes se calientan un poquito

M.C.

Publicado en el vespertino Tal Cual.

Un señor comunicado

Hasta el sol de hace pocos días, una dulce sonrisa y una voluntad de hierro me habían permitido ocultar la tristeza de saber que nunca nadie en ningún lugar me había invitado a firmar algún comunicado (la profusión de indefinidos es porque no me hallo). Intelectuales y artesanos, científicos y artistas, intelectuales y copiones, creadores y trascriptores, declamadores y mímicos, directores y soldados, todas las combinaciones posibles se han unido en una u otra ocasión para brindar su apoyo irrestricto a la campaña por la salvación de la patria y/o en repudio al demonio que la corrompe; su incondicionalidad ante la lucha por la libertad o su indignación ante el uso como lampaso de los sentimientos más puros del club de ex-admiradoras de Menudo. Usted nombre el grupo, combínelo con la causa, revuélvalo con la acción y por más que lo meta a Google junto a mi nombre no se topará más que con la negativa que confirma mi pequeñez.

Pero ¡hoy creo en el amor! He descubierto el non-plus-ultra, el sine-cua-non, el no-puede-pa-pierde, el ¿todito-eso-es-tuyo-mamí? el más comunicado de todos los comunicados, al lado del cual todos los otros y sus firmas en depósito son, para ponernos metafóricos, mojón de perro.

Dice el Times de Londres, que un grupo de 100 personas vecinos de la embajada gringa, situada en lo mas chic de la capital británica, sacó un comunicado a dos páginas en un diario local quejándose de estar siendo sacrificados como "daño colateral" en la guerra contra el terror. El grupo se llama "Grosvenor Square Safety" Group (¿gross?) y dicen no entender por qué se les va a cobrar el delito de ser ricos y tener propiedades en la zona. "Sólo porque da la casualidad de que hemos trabajado más duro y por más tiempo para comprar estas casas ¿no tienen valor nuestras vidas?" dice una doñita del Este radicada en London (¿quién fue el genio que dijo que ser doñita del Este no tenía nada que ver con el género ni con la ubicación geográfica?).

Los del Gross no quieren que se vayan los gringos ¡por favor!, lo que quieren es que cierren las calles aledañas, que se restringa el tráfico y hasta se compromenten a darle un pase plastificado a las muchachas filipinas que vienen a limpiar, cocinar, lavar y planchar.

A mi no me importa lo que pida el Gross, ni si son complacidos o no. A mi lo que me encanta es que después de saber que existe un comunicado así, todos los demás me parecen indignos de mi persona y hasta agradezco que nunca se me haya dado la oportunidad de desmerecerme. Cuando me mude a Londres, ya veré.

M.C.

Publicado en el vespertino Tal Cual.

No es tan fiero el escualo

Con una muestra de 580 especies entre peces y otras formas de vida marina, el acuario de Oarai, en la costa del Oceano Pacífico, se enorgullece de tener una de las exhibiciones más completas de Japón. Entre tanta variedad, la favorita de grandes y chicos es la colección de escuálidos, llamados también escualos o tiburones, la más grande de todo el país. La gran atracción es pasar por el medio de acuarios en forma de túnel en los que nadan más de cuarenta tipos de estos peces, fantasiando con que, en una de esas, un pequeño defecto estructural hará que una grieta corra a lo largo del grueso vidrio justo en el momento en el que el tiburón más grande de la partida nos está pasando por la cabeza. Arrímese para acá, cholita.

Habiendo contribuido a la formación de los sólidos lazos que se forman entre seres humanos que pasan juntos un mismo susto, el acuario asume su función didáctica y nos lleva a una exhibición de fósiles, modelos y cuerpos disecados de los escualos grandes y chiquitos, claros y oscuros, carnívoros y ¿vegetarianos? Aunque es inegable que una boca de tiburón no es comidita de viernes, no deja de sorprender el descubrir que los dientes de los escuálidos, fuertes y temibles como el que más, vienen en simpáticas hileras muy uniformemente formadas. La explicación, dada por un niño de quinto grado es que, ahí donde usted los ve, los escualos hacen gala de una gran ferocidad que al parecer no está acompañada de una dosis equivalente de tenacidad o aguante. Ellos muerden duro, indudablemente, pero si el objeto mordido es fuerte y muestra poca voluntad para colaborar, el escuálido no se amarga la vida, deja que la supuesta víctima le arranque los dientes y se va nadando a esperar que, en cuestión de pocas horas, el nuevo frente dental esté listo para la próxima sesión.

¡Claro glotón!, ¡así se explica todo! Basta esperar un tantico para ver como el escuálido deja ir a la presa que con tanto ahínco mordió, después de haberle hecho creer a los ingenuos que en ello se las jugaba todas, cuando en realidad lo único que tenía sobre el tapete era unos cuantos dientes, afilados pero totalmente prescindibles y desechables, útiles sólo para hacer llaveritos y amuletos completamente inefectivos. Sea dentro o fuera del agua, sean principios o lomito de ballena, sean importantísimas denuncias o humildes piernas de temporadistas, el escualo pone aquella carota mientras se va deslindando suavemente ¡Y cómo aplauden las focas!!!

M.C.

Publicado en el vespertino Tal Cual.