Friday, January 23, 2009

Acabaron con la navidad



No queda nada, nadita de nada. Aquí se celebra cuanta fiesta recorre el mundo, con las fiestas propias en su santo lugar. Por eso todo tiene que estar muy organizado. A finales de octubre tuvimos Halloween, una fiesta para niñitos de kindergarten, gringos nostálgicos y japoneses tontos, de esos que fueron a hacer un curso de inglés por seis meses en Seattle y regresaron enamorados de las bichas esas tan gordas, tan pálidas, tan desabridas, y ya no quieren saber de la oscura, pequeña, compacta y llena de vitamina D variedad local. En todos lados se cuecen caraotas.

Pasó la fiesta de las brujas y llegó el 15 de noviembre, fecha vernácula en la que los padres y abuelos, todos muy emperifollados y, si es posible, de kimono, visitan los templos para dar gracias por la salud de los chiquillos de 3, 5 y 7 años, y a pedir entereza y paciencia para criarlos, porque hasta aquí no ha sido llaga, sino peladura. Cumplida esta formalidad, nos invade el Meri Kurismasu y Rodolfo el reno: las calles, avenidas y grandes tiendas están decoradas hasta el exceso con pinos, luces y arbolitos, y la pizza la reparten unos muchachos flacos y desgarbados vestidos de rojo con un gorrito roji-blanco. Abrimos un pequeño paréntesis para recordar que el día del solsticio de invierno la tradición llama a comer (nada de adornar, escarbar o alumbrar) auyamas y a bañarse en agua de lima, familia del limón, no de Chabuca, vallito.html medidas ambas que nos ayudarán a llegar al nuevo año sin pasar por un resfriado. Cerramos paréntesis y seguimos con la navidad. Las pastelerías ofrecen suculentas tortas navideñas que no son más que la misma torta de toda la vida con un poquito más de crema blanca y una figurita del amigo Santa, que es como se conoce aquí al gordito. Los chamos y los comerciantes se confabulan para sacarle a los adultos reales en forma de regalos de navidad; los restaurantes y los hoteles apelan a la vieja historia de la Noche de Amor para venderle a las parejas establecidas, en ciernes o ad hoc un ventajoso paquete de cena romántica, habitación cálida y con buena vista, nutritivo desayuno en la cama y, por un módico recargo, un bello ramo de rosas rojas como la pasión que nos envuelve y arrastra.

Llega el 26 y venía una brisa que me la apagaba. Como por arte de magia (la magia de contratar mano de obra extra) estrellas, luces y pinos se transforman en mandarinas, bambú y pino. Todo mundo se faja a escribir las tarjetas de ¡Feliz Año!, que deben ser entregadas al correo a más tardar el 28 de diciembre para que sean repartidas el primero de enero; los volantes que ayer anunciaban tortas hoy ofrecen "osechi" la comida típica para el nuevo año compuesta de pescado, legumbres, vegetales, huevo y otros ingredientes, aderezados según el gusto y costumbre de cada región y que vienen muy ordenaditos en cajas rectangulares laqueadas. Hágase la idea de que es una hallaca pero sin revolver, aunque con la misma fuerza para despertar pasiones y propiciar desacuerdos gastronómicos, del tipo "el mejor osechi es el de la región de Tohoku" o "no hay osechi como el de mi mamá".

Un lugar y un tiempo para cada cosa, cada cosa en su tiempo y lugar: ¡Adiós Navidad! ¡Hola, Año Nuevo!… rapidito, eso si, porque tenemos en fila la celebración del fin del invierno.

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