¡Ciento ocho pecados!
Desde finales del siglo pasado, mi amigo Luis recibe el año nuevo con un jojoto en la mano. Meticulosa y elegantemente va desgranando el jojoto y junto con las campanadas de la noche vieja se va comiendo los granos uno a uno, hasta completar el número de meses en el calendario de nuestros hermanos mayas: diez y ocho. Así recibe el año nuevo sin atragantarse y sin preocuparse por semillas o conchas de uva y sin que sus nietos lo importunen preguntándole por qué uvas en Puerto Ordaz. Pero eso era cuando estaba en casa y oía las campanadas por cortesía de alguna emisora local.
En el año de la Alternativa Bolivariana para la América, a Luis le toco recibir el nuevo año en Japón y como hombre de mundo que es, consiguió un jojoto en un automercado y, siguiendo instrucciones de la oficina de información turística, se acercó a un templo a recibir el año con la población local. A las once y media de la noche ya había un gentío en los jardines del templo y nadie parecía tener intenciones de ponerse bajo techo, es más, por los abrigos, sombreros y guantes se veía que venían dispuestos a recibir el año a la intemperie. En estas observaciones estaba cuando lo sorprendió el primer "DOOON"; demasiado temprano. De todas maneras sacó su jojoto y se comió su primer granito que ya estaba deglutido cuando sonó el segundo DOOON; demasiado solemne. Va el segundo granito y, el tercero, el cuarto, el quinto… el doceavo, el treceavo, el catorceavo… Un señor, gentil y políglota, le hizo entender que si se ponía en la cola, alcanzaría él mismo, si Luis, el no creyente, a dar uno de los 108 campanazos con los que los budistas despiden el año viejo y reciben el año nuevo.
¿Ciento ocho campanazos? !Más de tres veces el número de figuras en un juego de ajedrez! ¿De dónde viene tan extraña cifra? Es el número de pecados que comete un ser humano, le explicó el mismo señor. Para el creyente, el escuchar las ciento ocho campanadas no sólo lo libera de estos pecados, sino que le fortifica el alma y le permite recibir el nuevo año con la página en limpio. Luis se puso a hacer memoria para identificar el centenar de pecados que cometió en el 2005, sacó la libretita en la que anota las jugadas y escribió aquella lista de los siete pecados capitales: avaricia, ira, lujuria, soberbia, gula, pereza, envidia y sólo pudo ponerle una cruz a la ira pues más de una vez había sentido el impulso, controlado a tiempo, de hacer croquetas a los malvados. Pensándolo bien, a lo mejor hay un poco de pereza uno que otro domingo, pero no tanto como para llamarla pecado, así que no la marcó.
Viendo su apuro, el nuevo amigo le siguió explicando que 108 era, como las sesenta y cuatro mil lochas, un decir, y que a la hora de los qué, todos los pecados se reducían a: avaricia, porque el que quiere más tiene que quitarle a otro; ira, porque el que se deja llevar por ésta le hace daño a un semejante; soberbia, porque el que se cree mejor no respeta a nadie y discrimina a todos; vacilación, porque el que duda cuando no obtiene resultados ¡YA! lo deja todo a medias; obstinación porque el que insiste en el error estorba el paso de los demás; la quejadera, porque no hay nada que descorazone más en una batalla que las viudas plañideras.
Armado con esta nueva vara para medir y con la tusa casi pelada, le tocó el turno a Luis, quien se afinco bien fuerte para arrancarle un muy sonoro DOOOOON a la vieja campana.
¡Feliz Año 2006! y ¡que la cosecha de maíz sea buena!

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