Aritmética escolar
Imagínese una escuela de educación primaria, con 800 alumnos repartidos en seis grados, atendidos por 50 maestros (incluyendo a la directora y dos subdirectores). Salones de clase, salones de música, dos salones de cocina y dos de ciencias, la biblioteca (“pequeña para tanta gente” se queja más de uno) con bibliotecaria permanente, la cocina, la sala de computación, la piscina, abierta en verano, cerrada en invierno, los patios exteriores para el deporte y el recreo, los conucos donde los chamos de primer grado siembran tomate; los de segundo, berenjenas; los de tercero, papa dulce; los de quinto, maíz, y los de sexto, yerbabuena y otras hierbas aromáticas. El salón de profesores (la temida “dirección” de mis tiempos), el gimnasio techado que también sirve como paraninfo en las graduaciones porque aquí los niños se “gradúan” de primaria con una ceremonia muy bonita a la que todo mundo asiste de flux y corbata, y la enfermería con enfermera graduada. Doce baños, seis para las niñas y seis para niños. En los baños de los niños conseguimos cuatro urinarios y cuatro pocetas. En los de las niñas, cero orinales. La pregunta de las 64 mil lochas: ¿Cuántas personas necesita contratar el gobierno para que se encarguen de la limpieza en una escuela de estas dimensiones? La respuesta, si la escuela de marras es una escuela pública japonesa es: Cero. Ninguno. Conjunto vacío.
Si, es terrible que nuestros querubines, además de estudiar, hacer las tareas, guardar silencio en clase, saludar a los maestros y caminar hasta y desde la escuela todas los días, menos el sábado y el domingo, tienen que limpiar su salón de clases y otras áreas comunes después del almuerzo, que también viene incluido en el paquete escolar con jornada de 8 a.m. a 4 p.m. Si el Estado, que no el gobierno, le proporciona al niño educación gratuita por 9 largos años, incluyendo los libros y subvencionando el almuerzo, lo menos que se espera de los chiquillos es que éstos limpien por donde pasan, mantengan aseados sus baños y recogan los platos, vasos y palillos cuando terminan su almuerzo, devolviéndolos a la cocina con un sonoro ¡gracias! Es inegable que la parte menos agradable es la de la limpieza de los baños. Ni aquí ni en Ciudad Ojeda, hay quien disfrute limpiando pocetas, por más que se utilice el producto aquél que promocionaba Teodoro, tan limpiecito como un sol. No se disfruta, pero no hay mejor forma de enseñarle a un niño a usar las cosas con cuidado y cariño que hacer que asuma la responsabilidad de lo que ensucia y daña. O por lo menos eso dice el manual de pedagogía que alguien puso en práctica allá por las últimas décadas del siglo 19, cuando a los japoneses les dio por la loquera esa de la educación gratuita y obligatoria. Loquera que ha igualado, probablemente por debajo, a toda la población, porque lo ideal no es que nadie limpie, sino que todos limpiemos ¿no? Para añadir sal a la herida, en esta ciudad de casi doscientos mil habitantes, no hay ni siquiera un solo colegio privado de esos que enseñan que hay que superarse y estudiar mucho para nunca tener que lavar un baño. De esos que enseñan que hay tareas que nos humillan y por tanto hay que despreciar al que las lleva a cabo. Completamente a merced de la educación pública, yo, sinceramente, creo que este pueblo nunca va a progresar. Así no se puede.

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