Monday, January 08, 2007

Restréguese duro

“Una buena esposa no puede dejar que esto le pase a su marido.” Seguramente un artículo más sobre el daño que una vida llena de excesos ocasiona a la salud de cualquier consorte demasiado ocupado para preocuparse por su propio bienestar: diabetes, enfermedades coronarias, gota, cáncer, pie de atleta, en fin, las mil y una enfermedades fácilmente evitables si no se toma tanta cerveza, no se come tanto chicharrón, no se fuma tanto cigarro, no se trabaja tanto, se hace ejercicio moderado, se duerme diariamente el número adecuado de horas, se observan básicas normas de higiene y no se acumulan cantidades excesivas de estrés. Mision imposible.

¡Sorpresa! Leo el artículo y me entero que aquello que ninguna mujer decente, de su casa y dedicada a la preservación de la familia como célula fundamental de la sociedad, puede dejar que le suceda a su media mandarina es que éste salga hediondo de casa.

¿Hediondo? ¡Pero si él usa desodorante! Si, pero no. Déjeme aclarar primero una cosa: si algo tiene el japonés es pulcritud corporal. Para esta gente el baño es una parte importantísima de la rutina diaria, un acto que se asume con seriedad y responsabilidad. Olvídese de las frívolas duchas para “mojar el sucio”, de esas que abundan en el trópico y en la película Psico. Aquí usted se friega, se enjuaga, se remoja y descansa sumergido en una bañera con agua a por lo menos 40 grados centígrados, proceso que comprenderá no se lleva a cabo en cinco ni diez minutos y que se repite cada noche. Aclaración que nos lleva a la pregunta lógica ¿cómo se va a poner la gente hedionda en medio de tanta pulcritud? Bueno, en primer lugar no es la gente, la que se pone hedionda. Este fenómeno, según una famosa una compañía de cosméticos ataca a la mitad de la población con ciertas características cromosómicas y de desgaste. El tiempo pasa, usted se va poniendo viejo y las glándulas sudorípadas, y la gravedad, le hacen una mala jugada. Atrasito de las orejas, como quien sube, pero no tanto, parece que no huele tan bien a los 10 como a los 50. Es un olorcito algo rancio, como a pasado, como a trajinado, como a cansado. Es este olor, y el color del bigote, lo que delata al cincuentón. No importa si se pinta el pelo de negro azabache o si el lunar que tenía al lado de la nariz se lo muda para la comisura exterior del ojo. Llámese Marcel o llámese como sea, lucirá igualito, le hablará como si apenas comienzó a ver el mundo esta mañana, tratará de convencerle de que nunca ha quebrado un plato, ni ha roto una promesa, ni ha pasado por encima de un principio, pero acérquesele lo suficiente y se dará cuenta de que aunque le duela, huele.

Por eso es que el fabricante de cosméticos le recomienda a la Dulcinea de la casa que le compre a su querido Alonso el shampú que no sólo le eliminará la caspa y le detendrá la caída del cabello sino que, generosamente aplicado del cuello para arriba, hará desaparecer ese olor a medicina vencida que le hace tan cuesta arriba toda lucha. Con este shampú podrá salir a conquistar el mundo y sus colegas femeninas se le acercarán para hacerle alguna consulta, las mesoneras del restaurant se tomarán el tiempo para tomar su pedido, las reporteras se atreverán a susurrarle cualquier consejo y sus lindos nietecitos le caerán a besos sin que tenga que sobornar ni prometer premios a ninguno de estos sectores de la población.

No necesita acondicionador.

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