Cada quien ¿celebra?
Para la mayoría de las parejas tropicales que conozco las navidades traen un dilema/chantaje único y alterno: el veinticuatro con tu familia y el treinta y uno con la mía… y viceversa. Cosa curiosa, son estas dos fechas en las que los novios desaparecen del mapa, los padres descansan un rato y las madres consiguen una rendijita para que ese otro muchacho que es tan buen partido venga por casa a saludar. Pero estamos en el otro lado del globo, en Japón todo es al revés. La navidad es una fiesta postiza e importada que todavía no entra por la puerta grande a los hogares y que, cuando mucho, sirve de ocasión para comer pollo al horno (los hornos japoneses no están diseñados para albergar una pierna de cochino ni un pavo, a veces ni siquiera el pollo, es mejor encargarlo al Pizza Hut del barrio) y una torta blanca 18 centímetros de diámetro cubierta de crema y fresas. Los chamos cuentan con que Santa-san les traiga un juguete, pero cuentan más con los generosos y consentidores abuelos que con el señor de uniforme rojo que toma Coca-Cola. Así que, despojada de lo religioso y lo doméstico, la navidad se vuelve puro lucecitas y romance.
¡Adiós Navidad! ¡Bienvenida, Nochebuena! Lucecitas en calles y avenidas, en centros comerciales, en plazas y parques. Romance en las parejitas que comienzan a reservar uno de los muchos paquetes todo-en-uno que ofrecen los mejores hoteles de la ciudad: cena de cuatro o cinco platos con champán incluído, vista a un bello panorama nocturno, música apropiada para la ocasión; la hora del ensueño y del amor. Después de la cena, una bella y acogedora habitación espera por los amantes para que celebren una noche de paz, noche de amor, en el cielo un resplandor. No sé si me explico, pero yo diría que la navidad aquí está más centrada en la virgen y en su abdicación que en el fruto, siempre evitable, de tal capitulación. Dicen los entendidos que para una mujer soltera que haya completado su educación básica no hay nada más deprimente, aterrador y humillante que el prospecto de un 24 en la noche sin pareja que la saque a bailar, bailar, bailar. Nada más terrible que amanecer el 25 en casa, empiyamada e “intacta” condenada a desayunar con restos de una torta blanca con crema y fresas, símbolo culinario y cruel recordatorio de que habrá que esperar 365 días antes de volver a intentar el ¡ra-pa-pam-pám!, ¡ra-pa-pam-pám!
M.C.Valecillos

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