Estrategia estival
El verano japonés, además de caluroso, es extremadamente húmedo. Temperaturas de 30 y tantos grados se combinan con una alta humedad y por primera vez comprendemos cómo se siente un grano de arroz ablandándose en la olla.
Siendo éste un país pobre, como una vez lo definió un alto ejecutivo de la industria automotriz, ha tenido que ingeniárselas para sobrevivir el verano sin excesivo consumo de energía, necesaria ésta para otras labores más productivas. Todos los años, a golpe de junio, las campañas de la Electricidad de Tokio, de Nagoya, de Osaka llaman a la población para que tome conciencia y, en lugar de aire acondicionado combata el calor a punta sonido, color, olor, sabor y sentido común. Obedientemente, guardamos todo lo que es rojo y amarillo y nos vestimos de azul y blanco. Los muebles se llenan de cojines de color claro, en el piso se ponen esteras, hay abanicos siempre a mano en los hogares y no faltan en el bolso o en el maletín. Se cuelgan campanitas de viento que avisarán que hay una leve corriente de aire que nos refrescará en cualquier momento. Engavetamos el incienso con olor a musk y a sándalo y ponemos el ambiente a oler a menta, lavanda y cítricos; se hacen comidas ligeras, con mucho vinagre. El té y el café se sirven con bastante hielo. La cerveza bien fría, gracias.
Cuando todo falla, como en todos lados, se apela al último recurso: el miedo. Si, con el objetivo directo de que se nos ponga la piel de gallina y nos invada un aire frío que nos congele hasta el alma, se declara éste el tiempo propicio para los encuentros con el más allá, para espantos, almas en pena y relatos de terror en general. Las películas de este género son estrenadas en verano, los fiestas patronales de esta estación siempre tienen una casa de terrror completamente pórtatil llena de fantasmas, zombies, aparecidos tanto autóctonos como importados: Sadako y su televisor, Drácula y su urna, Jason y su serradora eléctrica.
Dicen que en la patria de Maria Lionza, un grupo de jóvenes empresarios a sueldo y doctoras de pre-grado, ha contratado asesores nipones para implementar en suelo patrio estas medidas de ahorro de energía. Con el calor de agosto y el petróleo tan caro, el venezolano debe tomar conciencia de la importancia del uso racional de los recursos naturales y para ello quieren usar técnicas conservacionistas sensoriales niponas. Lo de los abanicos todavía no, porque hay mucho hombre que prefiere morir sudado que abanicado. Lo de los colores y los olores ha tenido una mejor acogida y las primeras campanitas japonesas “made in China” pasarán pronto por aduana. Pero donde la campaña criolla parece querer superar el original japonés, es el entusiasmo con el que se ha instituido agosto como el mes de los aparecidos y fantasmas. Tanto así, que los asesores japoneses han advertido que bueno el culantro man non tropo. Una cosa es un sustico que nos ponga la piel de gallina y otra cosa es ocasionarle a cualquiera un soponcio hipotérmico al venirle con el cuento de aparecidos del calibre del doctor que es como tú y la doctora que es como Ariel con su corte de Paulinas y Cecilias. O hablarle de los fantasmas de Tinajeros y Ahumadas, sin olvidar del regreso a este mundo de Miquelenas, Ortegas, Carmonas y Olavarrías, por nombrar unos pocos, y todo esto antes de las ocho de la mañana. El sudor frío que recorre al ciudadano al pensar en estos personajes “re-apareciendo” allá en el Camino Real es digno de la película“El día después de mañana”. Brrrrrrrrr.

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