Sunday, April 24, 2005

Relativamente dulce

a variada y surtida dulcería japonesa (criolla-J, pa'los panas) se resume en dos palabras: arroz y caraotas. La flexibilidad culinaria permite que unas veces el arroz sea cambiado por alguna harina y, otras, que las caraotas sean sustituidas por cualquier barbaridad como, por ejemplo, una fresa. Se advierte que este último cambio sólo puede ser llevado a cabo por un profesional altamente experimentado, bajo condiciones estrictamente controladas.

Pero, diría Celia Cruz, ¿y el azúcar? ¿no nos estamos olvidando del ingrediente que justamente distinguiría a un dulce japonés de un pabellón criollo-V sin baranda y, como debe ser, sin azúcar? El azúcar, y corro el riesgo de empalagar, sigue una regla de oro: cuanta menos, mejor. El más caro elogio al que usted puede aspirar cuando brinda un postre es que la gente le diga "¡no está nada dulce!". Permítome acotar, sólo como referencia, que en realidad el non-plus-ultra de los elogios es “¡qué maravilla!, si esto no sabe a nada” pero este es un nivel de superación, en la antesala del nirvana, al que sólo se llega con duros ejercicios de meditación y ayuno fuera del aguante del mortal común. A lo que iba es que a usted le dicen que el dulce no está nada ídem y usted se siente como que recibió el sello norven de la anfitrionería.

El dulce es para los niños y, como en todos lados, los hombres-más-hombres no comen dulce, aunque las maravillas del mercadeo haya producido un "chocolate para hombres", de sabor recio y caja sobria y elegante, un pelín más amargo que el de las chicas y, teóricamente, incomible para los querubines (nadie les ha contado que los querubines y los aztecas devoran cualquier cosa que tenga un por allá de chocolate, dígalo ahí Montezuma).

Un no-no en Japón sería ofrecerle a alguien un platico de arroz con leche me quiero casar. Es peor, aunque más fácil, que sacarle la madre a un japonés (linguisticamente casi imposible). A NADIE en Japón se le ocurriría preparar cosa tan extremadamente desagradable (y menos aún ponerle un palito o espolvorearle canela, guehhhh). Y eso que no me atrevo a mencionar, considerando que usted pueda estar comiendo mientras lee, la chicha de arroz, ¡que asco!

Yo, en tierra nipona y en cumplimiento de mis responsabilidades en pro de la diseminación de la cultura criolla-V he preparado quesillo y torta de pan. En las dos ocasiones los comensales expresaron un discreto "qué dulce está esto!" Boté tierrita.

M.C.Valecillos

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