Ladrón de ???letas
No, no. No voy a comentar la famosa película. Porque no la he visto, porque no conozco de cine, porque casi no voy al cine, porque no me gusta mucho el cine. Aclarado el punto, confieso que el título de este clásico del neorrealismo italiano, con magistral dirección de Vittorio de Sica y excelente guión de Cesare Zabattini, no deja de darme vueltas en la cabeza desde que leí cómo un caso de carácter netamente policial pero con claras raíces demográfico-sociológicas, deviene en fenómeno económico con contribución neta y cuantificable al producto territorial bruto nipón en menos de lo que se degasifica un cura loco meciéndose en un chinchorro a la orilla de una playa.
Una ola, ¿qué digo? un tsunami de robos ha sorprendido y escandalizado hasta al más curtido miembro de la yakuza de Kobe. A riesgo de producir un estado de pánico en la población, la policía ha abierto la caja de Pandora y ha confirmado como ciertos los terribles rumores que venían circulando en diferentes círculos urbanos; el pueblo que hasta hace poco asumía que el agua y la seguridad eran bienes públicos, ha sido forzado a abrir los ojos y aceptar la inaceptable realidad: aunque usted no lo crea y le cueste imaginarlo, existe y anda suelto: con ustedes El Ladrón de Pantaletas. Lo peor de lo peor es que no es un individuo, un caso aislado que pudiese ser atribuido a una extraña e irrepetible combinacion de genética con alineamiento astral, el Ladrón no es tal sino Los Ladrones, las pantaletas siguen siendo plural aunque sea una sola.
Decíamos que más que de un individuo, hablamos de una sub-especie de ese oscuro sub-mundo al que preferiríamos no tener nunca que pegarle la super-linterna.
Dícese que el modus operandi consiste en vigilar los tendederos de apartamentos donde viven mujeres solas y cuando estas cuelgan su ropa íntima al sol, ZUASSS y se lo agarraba. De más está decir que las pantaletas deben ser de talla M para abajo y de sugestivos modelos y atractivos colores. Dícese también que entre los muchos robos de los que puede ser víctima una mujer, pocos son tan traumáticos como el robo de sus pantaletas. Desagradable en extremo. Al rescate la inventiva japonesa y el afán de miniturización que caracteriza a la tecnología nipona. El primer impulso, como es tradición cuando se trata de delitos contra un sector específico de la sociedad, sería culpar a la propietaria del (a veces) oscuro objeto del deseo por la falta de precaución y carencia de recato al estar colgando a la luz pública tan íntimo adminículo. A esta tonta acusación las agraviadas contraponen su adquirido derecho a poder lavar y secar la ropa interior inmediatamente después de su uso, en contraposición al resto de la ropa, que puede esperar hasta el sábado. El problema de “prender esta lavadora para lavar ese trapito” se soluciona con una rápida lavada a mano, pero el secado sigue siendo un nudo gordiano. Ya-no-mami, pues varios fabricantes han lanzado al mercado la mini lavadora eléctrica y la no menos mini secadora idem, al módico precio de 9800 yenes cada una. Con capacidad para tres pantaletas y tres sostenes talla normal, con o sin almohadillas, más dos pares de medias panty, este práctico e indispensable electrodoméstico puede ser colocado en cualquier lugar del pequeño apartamento y viene en tenues colores pasteles para combinar fácilmente con el resto del mobiliario. Otra tradición que, al igual que el vendedor ambulante de tofu, agoniza en las grandes ciudades: ropa interior secándose impúdicamente al sol. Otra sencilla historia con inmensa y conmovedora capacidad poética humedecida en severo verismo dramático, obra maestra del séptimo arte y joya testimonial.
mc

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