Estafa abrileña
Mes de abril. La primavera se había apoderado de los campos que tenía ocioso el invierno, ablandando corazones y cerebros. Momento ideal para cursar una invitación con la perfecta combinación de sorpresa, exclusividad, somos los elegidos, ¿vendrá fulanito? y ¿qué me pongo? No traía la tarjeta un RSVP porque entre gente tan extremadamente distinguida nadie necesita esas formalidades y, argumento más poderoso aún, ¿quién osaría no asistir? Los preparativos, aunque múltiples y muy elaborados, no trascendieron más allá de los medios de información pues cada uno y cada cual tenía sus muy válidas razones para añadir otro velo de misterio al asunto. La promesa de una primicia exclusiva y entretelónica, así como la garantía de acceso libre y expedito a futuros actos de la misma naturaleza aseguraron el silencio temporal que protegió a los protagonistas durante un pequeño lapso de tiempo. Suficiente para asegurar la infalibilidad del plan.
Crónicas inexactas hablan de 400 asistentes. Lo más alto y granado de la sociedad capitalina, lo más aplaudido de la farándula local y lo más prometedor de los empresarios a sueldo. Nunca se sabrá la cifra exacta porque hasta ahora sólo se han identificado ciento cincuenta participantes. Algunos de ellos, los menos notables, se han presentado voluntariamente ante las autoridades. Asumiendo su arribismo tratan de minimizar sus pérdidas y aspiran a recuperar algo de lo invertido en lo que ahora descubren fue un tremendo paquete chileno, Hecho en Japón.
Las elaboradas tarjetas invitaban cordial y respetuosamente a la boda del Príncipe Arisugawa, supuesto descendiente de una oscura rama de la actual familia imperial, a celebrarse en los salones de un exclusivo club muy cerca del palacio de Akasaka, hogar de la propia familia real. A los invitados se les sugería retratarse con la solidaria suma de cien mil yenes (unos dos millones de bolívares) que es nada si se compara con el honor de ser protagonistas, co-protagonista, actor de reparto, de relleno, extra o simple utilería de la historia contemporánea. Los más alcamoneros podían, previo pago de otros diez mil yenes, tener el tremendo honor de fotrografiarse con los recién casados y dejar testimonio imprimible y publicable en próximas memorias a ser refutadas. Todos y cada uno dejó estampada su firma, con pincel de brocha fina, en los numerosos cuadernos de asistencia dispersos por la sala de recepción.
El novio lució elegantes túnicas reales, que luego cambió por un uniforme de general del ejército con espada y todo, para delicia de los asistentes que aplaudían a rabiar. La novia, por su parte, escogió un traje muy elaborado que la hacia lucir más joven y llena de felicidad.
La ausencia de otros miembros de la casa del crisantemo fue atribuida a una apretada agenda de actividades, en tanto que la austeridad del banquete se atribuyó a lo difícil que está el servicio hoy en día. Los invitados se enteraron que los habían utilizado vilmente como adorno y fuente de fondos cuando la policía arrestó a los novios y al dueño de la agencia de festejos. Entre los tres se embolsillaron 13 millones de yenes.
A estas alturas dos cosas dificultan la expedita administración de la justicia: que a los engañados les da pena decir que por el síndrome de la comparsa y las ganas de figurar mordieron el anzuelo, y que la opinión pública no le tiene ni una ñinguita así de simpatía a los abajo firmantes.
La rama de los Arisugawa se extinguió hace 80 años. La de los tontos que se la dan de avispados sigue fuerte, vigorosa y, sobre todo, fecunda.
M.C.Valecillos

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