Sunday, April 24, 2005

Olimpíadas románticas

Cuenta Herodoto que durante las guerras médicas, así llamadas porque los griegos llamaban, sin distinción, medos a los persas y a los medos (¿vendrá de ahí la expresión “el medo es libre”o la habrá inventado algún dirigente político nuestro?). Decía que según Herodoto, padre de la Historia, en plena guerra los persas interrogaron a unos arcadios que se habían escapado de Grecia y les preguntaron sobre lo que estaban haciendo los griegos. “Se celebran los juegos del Olimpo con competencias de atletismo y carreras de carrozas” respondieron los arcadios: “¿Y qué premio reciben los ganadores?” “El ganador recibe una rama de olivo”. Oyendo esto, Tritnataechmes, desde la asamblea, dijo: “Cónchale, Mardonio, ¡qué clase de hombres nos has traído a combatir! Hombres que compiten no por dinero, sino por honor”. Por supuesto que el rey Jerjes, más rápido que inmediatamente tildó a Tritnataechmes de cobarde, sufre tu deshonor, quién lo sabrá con certeza… ya que nadie lo vió.

No está solo el rey de los persas. Al igual que a Jerjes allá por los 484 A.C., a uno por aquí en el 2004 le cuesta creer que alguien pueda hacer un esfuerzo, de cualquier tipo, sólo por una rama de olivo, por el honor, por la gloria de saberse el mejor. Para que le hagan estatuas y le canten versos. Sin posibilidades de billullo. Imposible. Improbable. Cuéntame ahora una de vaqueros.

Pero, ¿quién sabe? a lo mejor todavía hay quien haga las cosas por amor al deporte, quien todo lo que pida es que digan que él es el nadador más rápido o el que llega más arriba con la garrocha; que ella es la corredora más veloz o la que lanza más lejos el martillo y para ello entrene más de 8 horas al día, siete días a la semana, renuncie a vacaciones y a fiestas, se someta a regímenes dietéticos extremos, postponga matrimonios y maternidad, se olvide de comodidades y lujos y se las juegue todas por un ratito de gloria y por la increíble sensación de ganar, de ser el mejor en lo que hace, en lo que se ha entrenado, a lo que se ha dedicado. A lo mejor todavía hay gente así y estas dos semanas de juegos olímpicos son una oportunidad que se nos da cada cuatro años para retomar esta fe. Un respirito en el que nos invade el romanticismo y lo bello y emulable ya no es Brad Pitt y Britney sino Kitajima el nadador con dos medallas de oro o la judoka Yawara-chan, chiquita y reacia a mostrar el ombligo pero reina indiscutible en la categoría de los 48 kilos. Ya no interesan los escándalos de la farándula, sino la felicidad de la familia del gimnasta Tsukahara, donde a la medalla del Tsukahara padre se une la de Tsukahara hijo, primera de oro en gimnasia para Japón en 28 años.

Un judoka, Izumi, se ha convertido en el héroe de esta jornada olímpica. Octavo entre nueve hermanos, de padre pescador, al entrar a la escuela básica hace 10 años le dijo a su papá: “Papá, dame 10 años. Si en diez años yo no obtengo ningún resultado en judo, me vengo otra vez a casa y me dedico a la pesca de atún”. Diez años más tarde las cámaras enfocaban al señor y a la señora Izumi sentados en las gradas en Atenas, viendo a su hijo recibir su corona de laureles. “Ahora lo que nos queda es Beijing 2008” dice el orgulloso padre. Y el mundo entero cae rendido ante estos hombres y mujeres que compiten sólo por honor y gloria. Lo que nunca alcanzo Jerjes.

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