HIroshima otra vez
“Otra vez, el calor de verano nos hace recordar el infierno que cubrió esta ciudad hace 58 años. Esa idea de mundo sin armas nucleares ni guerras que los sobrevivientes de las bombas atómicas reclaman desde hace mucho tiempo, parece ir perdiéndose bajo una espesa capa de nubes oscuras que amenaza con transformarse de un momento a otro en un hongo atómico del que caerá lluvia negra”. Así va, más o menos, el primer párrafo de la Declaración de Paz hecha por el Alcalde de Hiroshima, con motivo de la conmemoración del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre esa ciudad un 5 de Agosto de 1945, seguido tres días después por el lanzamiento de una segunda bomba sobre Nagasaki, dejando aproximadamente 135.000 y 64.000 muertos (de una población de 255,000 en Hiroshima y 195,000 en Nagasaki). Una semana más tarde, la guerra termina con la rendición de Japón.
Sólo un pueblo que haya sufrido heridas tan profundas en una guerra puede ser lo suficientemente valiente como para consagrar en su Constitución y cumplir durante más de medio siglo, el llamado “artículo de renuncia a la guerra”, que dice así:
“Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo Japonés renuncia para siempre a la guerra como un soberano derecho de la nación y a la amenaza o uso de fuerza como medios de resolver disputas internacionales. A fin de lograr el objetivo del párrafo precedente, nunca serán mantenidas fuerzas de tierra, mar, y aire, ni otro potencial de guerra. No se reconoce el derecho de beligerancia del Estado.”
El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos. Todo, a la larga, se hace incómodo y difícil. Después de casi 60 años desde el fin de la guerra, quedan pocos sobrevivientes y los que quedan están viejitos y débiles. Tienen poco poder y hablan pasito. Cada vez son menos aquellos que pueden dar testimonio de primera mano acerca de los horrores de la guerra. Cada vez es más fácil irlos haciendo a un lado, ignorarlos. Japón, nación aliada de los EEmasUU, en la invasión de Iraq, mantiene un contingente de tropas en esa nación, en funciones de “reconstrucción”. Los políticos y otras fuerzas tanto o más vivas claman por una enmienda Constitucional que derogue el artículo 9 y lo sustituya por uno “más acorde” con estos tiempos que vuelan y que le permitan a la nación japonesa defenderse, como lo hace su aliado del otro lado del Pacífico, de ataques ciertos o imaginarios aún antes de que éstos ocurran o antes de que sean imaginados. La Fedecámaras Japonesa, por ejemplo y cuándo no, anda en campaña para que el gobierno deje a un lado tontos escrúpulos y levante la prohibición de exportación de armas. Dicen que el no poder exportar armas a otros países incide negativamente en el desarrollo tecnológico de la industria nipona y merma su capacidad de competición. Parece que la cosa no es como antes, que bastaba con exportar automóviles, Walkman, Hello Kitty, Astroboy y Dragon Ball. Los mercaderes de la muerte no comen cuento y saben que no hay ganacia más rápida y jugosa que la que obtienen los pescadores en un río revuelto. Prontamente veremos publicado en algún comunicado lo que poco a poco se ha ido convirtiendo en verdad económica global: que cualquier iniciativa de paz en cualquier conflicto bélico es un atentado contra el libre comercio y el derecho sagrado a llenarnos de billullo. Misiles “made in Japan” matando gente en cualquier país del orbe, ¿es posible imaginar mayor ironía?

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