Wednesday, October 12, 2005

Blanco por dentro, Rojo por fuera

El hijo de mi vecina, seguramente adoctrinado por quién sabe qué trasnochado izquierdista le pidio a su mamá nada más ni nada menos que ¡una gorra roja¡.

La fulana gorrita es de rigor en casi todas las escuelas públicas, y
tiene como característica sinequanon el ser fácilmente doblable y
lavable así como estrictamente reversible, con un lado rojo como mi
sangre azul y el otro blanco como mi oscura conciencia. En principio,
la gorra se usa con lo rojo hacia afuera en cuanto paseo o actividad
extra-muros que haya; el color sirve para localizar desde lejos a los
chamos, distinguiéndolos a distancia de otros grupos de niños más
pequeños (los kindergarterinos generalmente andan de gorra amarilla) o
de grupos de pavos rebeldes de poca estatura (recordad que un niño de
quinto o sexto grado ya pasa del metro y medio). Dentro de los predios
académicos, los niños se ponen su gorra durante las actividades de
educación física para protegerse del sol.

Pero la función paradigmática de esta prenda es servir como mecanismo
de selección y división. Cada vez que el maestro necesita separar a la
clase en dos bandos no hace más que pedirle a la mitad que se ponga la
cachucha roja y a la otra mitad que también pero volteada, no a'la
Enrique, que la neutraliza, sino con lo de adentro para fuera, de
manera tal que se convierta en una cachucha blanca. Tal versatilidad
permite a la maestra cambiar los cauchos con el carro andando y, si se
da cuenta que el equipo de los blancos tiene clara supremacía en
corredores de distancia corta, en un dos por tres hace de unos
blancos, rojos y de unos rojos, blancos de manera que la competencia
continúe sin excesiva ventaja para ninguno de los grupos. Puede
suceder, también, que un chiquillo esté acostumbrado a jugar en el
equipo de los blancos y una mañana cualquiera amanezca de rojo,
simplemente porque el equipo rojo tuvo varias bajas debido a una gripe
que está dando y necesita refuerzos. Total, que eso es un eterno me
pongo la gorra roja, me pongo la gorra blanca, vuelta a la gorra roja
y así hasta que la pobre gorrita, de tanta vuelta y revuelta termina
sumamente deshilachada y bastante desteñida.

Por eso es que, aprovechando la generosidad materna y antes de la
fiesta deportiva anual, nuestro joven alumno quiere una gorra bien
roja que encandile a sus contrincantes y los prepare psicológicamente
para pedir cacao. Lo demás es cruzar los dedos para que a la maestra
no se ocurra, a última hora, pasarlo para los blancos... que le ha
sucedido a muchos, muchas veces.

Manzana!

M.C.Valecillos

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