Monday, January 23, 2006

Fuera del perol

Una de las más gratas sorpresas que se lleva el viajero cuando llega al aeropuerto internacional de Amsterdam, el Schiphol, es la pulcritud de sus baños. Cualquier recién llegado, alumbrado por su llegada al viejo continente, se lanzará a atribuir tal limpieza al adelanto cultural y al alto nivel de la sociedad civil de los Países (dizque) Bajos. Viajeros más curtidos harán rápidos cálculos para hacer un estimado del presupuesto que el aeropuerto dedica a la limpieza de sus baños públicos, proyectando el impacto que tiene esta actividad sobre la economía nacional, específicamente en el sector servicios. En este punto del análisis nuestro enmaletado criticará el carácter socialista de una administración que genera empleos sin posibilidad de aprendizaje o superación personal, o alabará el esfuerzo que hace una nación para alimentar y educar a su población. No es por criticar, pero, al igual que con las autopsias a la abstención en las pasadas elecciones del 7 de agosto, todos los análisis son errados y sólo reflejan los complejos, las ideologías o las prioridades del analista ad-hoc, ad-honorem, ad-libitum y quién sabe si hasta ad-eco.

Al principio, los holandeses, como todo el mundo, tenían sus cartelitos de “Gelieve NIET naast de pot pissen” que una amiga venezolana que vive por allá y a quien sólo identificaré por el apodo “pequeñas gotas que se posan sobre las hojas en la madrugada” traduce libre y democráticamente como “Favor NO mear fuera del perol”. Instrucción completamente inútil en el caso de los caballeros que, sea en Carache o en Nagoya, son algo escasos en el departamento de control de manguera. Mucho cartelito, mucho señor que limpia, mucha cultura y aquel reguero.

Hasta que un joven observador descubrió que todo es cuestión de guía. Que basta y sobra que un hombre tenga ante sus ojos un objetivo fácil y definido para que su naturaleza cazadora lo haga apuntarle con el arma que tiene a o en la mano para satisfacer el primal instinto de causarle daño propulsión a chorro. Se pintaron entonces unas lindas y sugestivas moscas en los peroles, en posiciones estratégicas e invitadoras. Apúntale a la Mosca. En un abrir y cerrar de ojos aquellos baños se convirtieron en una belleza a los que se puede pasar con confianza pues están limpiecitos como un sol. Se redujo el personal de limpieza y ya no hace falta aquel otrora útil producto. Falta ahora saber qué hacer con los fulanos cartelitos. Lástima que estén en holandés.

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