Wednesday, January 18, 2006

Rumores de la conserjería

El lunes los vi. Iban en pares, en la actitud altamente sospechosa de quien anda averiguando la vida ajena, o sea, mirando hacia los apartamentos y tomando nota. Censores. El diccionario dice que Censor es el que aplica la censura, como aquel diputado de lápiz rojo en aquellos siempre tan añorados tiempos. También dice el diccionario que, en la Antigua Roma, un censor era un magistrado que gozaba de inviolabilidad del cargo y de privilegios especiales, y que tenía como función empadronar a los ciudadanos, inventoriar los bienes y vigilar las costumbres. Como ya no hay costumbres que vigilar, hoy día el censor es el que hace el censo, padrón o registro o sea, el que cuenta y deja constacia de lo que contó.

Cuando vi a los censores que hacían el recorrido por mi cuadra, recordé el penúltimo rumor caraqueño: los conserjes de los edificios, además de las arduas tareas propias de su condición y contrato de trabajo, ahora también están dedicados a censar los apartamentos a su cargo en lo que, en los bajos fondos, digo en la Planta Baja, se conoce como Misión Ascensor Adentro I. Dice el rumor que la inminente Misión Ascensor Adentro II involucra el paso de todas las conserjerías a a las manos de conserjes de la patria de Martí.

¿Qué gana nuestro conserje actual con salir de soplón? La propiedad privada del apartamento/conserjería que hoy ocupa. ¿Y dónde van a meter a los nuevos conserjes cubanos si todas las conserjerías estarán en manos de sus nuevos dueños? ¿Para qué colabora el conserje si mañana será propietario, ergo, a merced de la voluntad de un cubano? Esta es la parte que todo censor que se precie de serlo borraría de un artículo para que no produzca dolores de cabeza al desprevenido lector. Sigamos.

Como me acordé de este rumor y como sé que en todos lados se cuecen habas, por un momento pensé que me estaba topando con el primer dúo de censores que, siguiendo quién sabe que oscura instrucción del ministerio de vivienda, estaban contando cuántas ventanas sin cortinas hay en el edificio de la esquina y cuánta ropa estaba secándose al sol en cada apartamento ocupado. Debatiéndome entre el impulso a convocar a los vecinos a un linchamiento vespertino y las ganas de ganar una medalla de honor por servicios a la comunidad, me armé del derecho que me asiste como residente del área y, bajándome de mi bicicleta, me dirigí al que llevaba, no la batuta, sino el bolígrafo, haciéndole una pregunta rebuscadísima y ladina que delatara sus aviesas intenciones: "Buenas tardes, ¿algún censo?". El joven, sabiéndose atrapado infraganti por el fino pero firme hilo de la verdad, bajó la cabeza, no para eludir mi mirada sino para hacer la casi universal seña de afirmación. "Si, por encargo de la televisora nacional" y me mostró su carnet de subcontratista de NHK, la televisora que no es del Estado sino de la nación. Los jóvenes simplemente estaban empadronando las antenas parabólicas en cada edificio o casa, dato muy importante ya que así se determina el impuesto mensual que pagamos por tener televisión.

Lamentando la falta de emoción que llena mis días y comprendiendo cómo una malintencionada semillita de desinformación es suficiente como para crear un miedo estúpido que lleve a la más violenta y lamentable reacción contra un inocente, dejé a los censores haciendo su trabajo y decidí que para mi cuota de emoción diaria nada mejor que mirar a Marte, que se ve tan cerca y brillante y que no volverá a hacer oposición a la Tierra hasta el 2018.

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