Thursday, January 11, 2007

La Princesa y la dote

Existen las leyes de la conservación de la masa, de la conservación de la energía y la ley de la conservación del número de princesas. De otra forma no podría explicarse que en un mes el mundo haya ganado una princesa para perder exactamente otra. Japón cierra la semana con una princesa menos en su corta lista de personajes reales; el martes 15, día de gran augurio según el calendario nipón, la hoy ex-princesa Nori se desposó con un plebeyo para convertirse en la señora Sayako Kuroda.

Para bien o para mal no tuvimos aquí la desgarradora historia de una princesa puesta a escoger entre su fidelidad al trono del crisantemo o los dictados de su corazón. Desde su nacimiento la dulce Sayako estaba destinada a abandonar su casa por amor. Dicen las estrictas normas de la casa imperial japonesa que toda mujer miembro de esta distinguida familia saldrá de ella cuando le toque casarse. Punto. Solución salomónica y draconiana que les evita a los ciudadanos japoneses la incómoda situación de tener que mantener a un individuo de sangre roja que quiera, a cuenta de su cara, vivir a costillas de los impuestos del pueblo y le ahorra a la princesa el "¿es por mí o por mi dinero?".

La antiguamente conocida como princesa Nori tiene 36 años y su amantísimo esposo, 40. Como en tantas historias plebeyas, el novio es amigo y compañero de estudios del hermano de la princesa y quedó prendado de ella al reencontrarla después de 10 años de no verla. Será de no verla en persona, porque la princesa sale con bastante frecuencia en las revistas y en la televisión local, visitando escuelas, admirando exposiciones, escuchando conciertos y juzgando concursos de oratoria. Pero, la historia oficial dice que el señor Kuroda tenia ¡ufff! que no veía a la pequeña Norinomiya (su nombre imperial) y cuando, casualmente, la volvió a encontrar en casa de su íntimo amigo, el príncipe Akishino, aquello fue amor a primera re-vista. Para que los periodistas y los chismosos no se dieran cuenta del recién nacido romance, el príncipe y su esposa, Kiko, se dedicaron a invitar a la pareja a cuanta reunión se les ocurría: que si ir a buscar cisnes negros en tal lago, intercambiar poemas sobre el espinito en una tarde de lluvia, escuchar el cantar de los grillos a orillas de un riachuelo, mirar luciérnagas en una noche verianiega, en fin, un sin número de actividades de corte naturista que proporcionaba el marco ideal para el cultivo del amor. Cuando ya se sintieron seguros de su mutuos sentimientos pidieron permiso para casarse y de ahí en adelante, como cualquier par de novios, eso fue un bululú que ni les cuento. Como la princesa pierde todo privilegio real y como la familia imperial no posee bienes de fortuna propios, el parlamento aprobó una partida única para la princesa que le permitirá establecerse fuera del palacio con la dignidad que le corresponde a su origen. En términos aproximados, se le asignó un millón y medio de dólares, de los cuales la prensa especializada reportó que un millón ya se fue en comprar y amoblar el nuevo apartamento del que será su hogar. Sin contar la cuota del condominio.

No es de extrañar que las jóvenes parejas niponas estén cada vez más reacias a abandonar el nido, si de una dote de millón y medio de dólares casi no queda vuelto después de comprar no una mansión, sino un apartamento... ¡Cuántos padres no desearán que las normas de la casa imperial se conviertan en ley nacional, desde la salida forzosa hasta la partida generosa aprobada por los diputados!

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