Pague ahora, sálvese después
El undécimo mandamiento es "no confiarás en una religión que te pida/reciba dinero". Una sacerdotisa les dijo a sus fieles que para limpiar el alma tenían que deshacerse de algo material pero muy querido. ¿Qué hay más querido que el dinero? Las obedientes ovejitas llevaban sus billetes para verlos consumirse en el fuego que todo lo purifica. La señora, muy atenta y precavida, les decía que en lugar de quemar los billetes recién llegados, tan sucios y ajados, mejor quemamos estos que están aquí en esta pilita, que ya pasaron una noche frente al altar reflexionando sobre sus pecados. Usted llevaba tres billetes, ella quemaba tres de su pila. Usted llevaba un fajo y ¡con qué gusto subía aquella llama! Hasta que un león sordo y escéptico decidió revisar la pila a ser incinerada y se dio cuenta de que eran muy buenas fotocopias. En Japón es delito fotocopiar dinero y a la señora le suspendieron su licencia para engañar ingenuos… por ahora.
Durante los días más fríos del invierno, los monjes toman baños de agua fría, se sientan a meditar en habitaciones sin calefacción, salen a caminar recitando oraciones, todo ello en búsqueda de la purificación. Por una módica suma, los creyentes menos apurados pueden "comprar" ese sacrificio y ponerlo en su hoja de balances, ahorrándose una o hasta dos reencarnaciones. ¿Tú sabes indulgencias?
Sabemos que es una tontería pensar que con dinero se puede comprar algo en el otro mundo. ¿Y si uno llega y le dicen lo siento pero sólo aceptamos rieles impresos en China en 1977 o colones, también Made in China, del 2001? ¿quién responde? El espíritu es sabio, pero la carne es débil. Nos hacemos los locos pero, en el fondo sabemos que no estamos comprando la salvación del alma sino unos cuantos minutos más de cálido sueño o el bienestar de los meniscos, bienes nada abundantes en estos tiempos del reuma y la artritis. Además, se hace circular el dinero, cosa muy positiva para la economía nacional. Que una señora queme unos billetes por otros o que unos monjes pasen frío por otros, no hace infeliz a nadie, al contrario, le da cierta paz a los creyentes. Lo malo es cuando, en exquisito acto de auto engaño, pagamos para dejar en manos de los representantes del más allá, no los asuntos post-funeraria sino la administración y control de nuestros asuntos en el más acá. Cuando no sólo les pagamos para que nos entretengan un rato con un acto de piedad o para que nos decidan la dieta de los viernes, sino que les damos voz y voto en el control y orientación de la sociedad.
Más nos valdría quemar y quemar billetes, a ver si los monjes se calientan un poquito
M.C.
Publicado en el vespertino Tal Cual.

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