Tuesday, January 23, 2007

Algebra electoral

Si usted es de los que siguió con creciente asombro la explicación que dieron brillantes estadísticos sobre la cuasi-imposibilidad numérica de que dos mesas electorales contiguas dieran el mismo resultado durante el referéndum, aún cuando los votantes venían del mismo grupo socio-económico-geográfico y estaban enfrentados a sólo dos respuestas posibles. Si usted asintió compungido y alterado cuando aquel abogado le pre-aseguró que el REP no podía crecer más allá de la tendencia histórica, obviando con elegancia, eso si tiene él, programas, jornadas y brigadas de cedulación, nacionalización y registro. Si usted se enamoró de la leyenda de un cisne negro que se casará con la palomita blanca y la llevará en sus alas a ver a Jesús. Si, callada, mira al cielo y sin que la vean llorar pregunta ¿qué sera de la vida del hacker cubano en el satélite ruso? Si, después de haber paseado por todas estas novelas inconclusas, cuando de verdad, verdad se sintió realizada fue cuando se fajó a meter el asterisco con su cédula en la base del CNE y sintió esa descarga de adrenalina del que está haciendo historia, pensando que había dejado de ser un elemento pasivo para tomar la batura y dirigir el concierto de la democracia sin moverse de su casa. Si del protagonismo colectivo pasó a ¡otla vez aloz! en un abrir y cerrar de correo electrónico, y está a punto de tirar la toalla porque así no se puede… ¡achante un pelo! Para usted traigo en exclusiva, sin adornos y en la rayita, el penúltimo elemento de desinformación electoral.

Veamos ¿Hasta que cifra puede usted recitar el valor de la relación área/longitud del círculo: Pi (π)? A efectos de rapidez basta con tomar el valor 3. Para calculos más precisos habrá que usar el 3.14 y de ahí en adelante sólo es cuestión de lucirse. Aquí donde usted me ve, le puedo recitar de memoria hasta la cifra número 16. Un simple truco nemotécnico de chamo de bachillerato en ciencias. Nada especial si me compara con el señor Haraguchi, un japonés que acaba de romper el récord Guiness de recitación de Pi. El señor Haraguchi le recita de memoria, si usted no anda apurado, hasta la cifra decimal número ochenta y tres mil cuatrocientos treinta y uno. Sólo se tarda trece horas, con pausa para tomar un poco de agua, pues tampoco es cuestión de forzar la garganta.

¿Qué tiene que ver esto con lo de más arriba? Facilito. Usted abre la página del CNE y ahí donde se identifican los votantes mete el valor de pi sin el punto decimal ¡Ahistá! Votante identificado. Ahora elimine el tres e introduzca el resto de los números. ¡Otro! Nada más que eliminando el número a la cabeza ya usted tiene un número nuevo que a lo mejor está o a lo mejor no está en la base de datos consultada. ¿Vió? Son más de ochenta y dos mil posibles cédulas. Ya identificó cuál es la trampa del Consejo Nacional Electoral para pisotear sus derechos ciudadanos: El CNE contrató a Haraguchi para que cantara.

Echele el cuento a cinco personas y asuma su minuto de fama en cualquier programa de la radio o de la TV. Su consagración en las listas de correos. Su estrellato en los foros de discusión virtual. Si con ello convence a por lo menos una persona para que no vaya a votar, siembre un árbol y escriba un libro.

Eso si, no es por criticar, pero ¿no le parece raro que quien hable de trampa, se horrorice de los trucos, se asombre de las manipulaciones sea precisamente el primer chicharrón en la invención y propagación de teorías cada una ridícula que la inmediata anterior?

Aritmética escolar

Imagínese una escuela de educación primaria, con 800 alumnos repartidos en seis grados, atendidos por 50 maestros (incluyendo a la directora y dos subdirectores). Salones de clase, salones de música, dos salones de cocina y dos de ciencias, la biblioteca (“pequeña para tanta gente” se queja más de uno) con bibliotecaria permanente, la cocina, la sala de computación, la piscina, abierta en verano, cerrada en invierno, los patios exteriores para el deporte y el recreo, los conucos donde los chamos de primer grado siembran tomate; los de segundo, berenjenas; los de tercero, papa dulce; los de quinto, maíz, y los de sexto, yerbabuena y otras hierbas aromáticas. El salón de profesores (la temida “dirección” de mis tiempos), el gimnasio techado que también sirve como paraninfo en las graduaciones porque aquí los niños se “gradúan” de primaria con una ceremonia muy bonita a la que todo mundo asiste de flux y corbata, y la enfermería con enfermera graduada. Doce baños, seis para las niñas y seis para niños. En los baños de los niños conseguimos cuatro urinarios y cuatro pocetas. En los de las niñas, cero orinales. La pregunta de las 64 mil lochas: ¿Cuántas personas necesita contratar el gobierno para que se encarguen de la limpieza en una escuela de estas dimensiones? La respuesta, si la escuela de marras es una escuela pública japonesa es: Cero. Ninguno. Conjunto vacío.

Si, es terrible que nuestros querubines, además de estudiar, hacer las tareas, guardar silencio en clase, saludar a los maestros y caminar hasta y desde la escuela todas los días, menos el sábado y el domingo, tienen que limpiar su salón de clases y otras áreas comunes después del almuerzo, que también viene incluido en el paquete escolar con jornada de 8 a.m. a 4 p.m. Si el Estado, que no el gobierno, le proporciona al niño educación gratuita por 9 largos años, incluyendo los libros y subvencionando el almuerzo, lo menos que se espera de los chiquillos es que éstos limpien por donde pasan, mantengan aseados sus baños y recogan los platos, vasos y palillos cuando terminan su almuerzo, devolviéndolos a la cocina con un sonoro ¡gracias! Es inegable que la parte menos agradable es la de la limpieza de los baños. Ni aquí ni en Ciudad Ojeda, hay quien disfrute limpiando pocetas, por más que se utilice el producto aquél que promocionaba Teodoro, tan limpiecito como un sol. No se disfruta, pero no hay mejor forma de enseñarle a un niño a usar las cosas con cuidado y cariño que hacer que asuma la responsabilidad de lo que ensucia y daña. O por lo menos eso dice el manual de pedagogía que alguien puso en práctica allá por las últimas décadas del siglo 19, cuando a los japoneses les dio por la loquera esa de la educación gratuita y obligatoria. Loquera que ha igualado, probablemente por debajo, a toda la población, porque lo ideal no es que nadie limpie, sino que todos limpiemos ¿no? Para añadir sal a la herida, en esta ciudad de casi doscientos mil habitantes, no hay ni siquiera un solo colegio privado de esos que enseñan que hay que superarse y estudiar mucho para nunca tener que lavar un baño. De esos que enseñan que hay tareas que nos humillan y por tanto hay que despreciar al que las lleva a cabo. Completamente a merced de la educación pública, yo, sinceramente, creo que este pueblo nunca va a progresar. Así no se puede.

Código de desinformación

Además de las terribles olas que causaron tantas muertes y tantos daños en las costas asiáticas, el terremoto de Sumatra generó ondas sísmicas que estuvieron dándole vueltas al mundo durante semanas y semanas, cada vez más y más débiles, hasta que sólo los instrumentos debidamente calibrados registraban estas ondas, secuelas de la onda mayor. No sabría decir cuánto tardaron en llegar estas ondas al otro lado del globo, ni cuántas vueltas dieron, ni cuánto tardaron en disiparse (¿será disiparse el término correcto?). Sólo sé que no sé nada y que la forma cómo viajaron estas ondas, la velocidad a la que se propagaban y la energía que perdían con cada vuelta es materia de estudio para los científicos especializados en sismografía.

Otro tema de interesante estudio es la forma cómo se propagan las des-noticias a través de los más modernos medios de incomunicación. Hace ya varios meses, recibí un haz de mensajes electrónicos en los que sus respectivos remitentes se horrorizaban ante lo que algunos llamaban el “penúltimo intento del régimen para acabar con las libertades de los venezolanos”, “la consagración en Gaceta Oficial de la Talibanización de la Patria” y otras delicatesses por el estilo. La causa de tal derroche de dramatismo era un artículo del Código Penal que establece que la mujer adúltera será penada con cárcel de tantos a cuantos meses, sin que se mencione la pena que se le dará al varón adúltero, lo cual hace suponer que éste sólo tiene que correr con los gastos de restaurante y hotel de carretera. Ni que fuera el Príncipe Carlos. Sunescándalo, súnabuso, escribían en letras mayúsculas, utilizando emoticones de vestiduras desgarradas y casi llamando a la desobediencia civil, consistente, supongo, en declararse adúltero o adúltera en rebeldía para retar a las autoridades respectivas a ejecutar el arresto previsto por la ley, sin aceptar defensa ni introducir un recurso de amparo. Una lástima que se haya dejado pasar esta oportunidad, con tanto adúltero declarado, el sistema legal venezolano habría colapsado un abrir y cerrar de piernas y al salir del túnel, ahí estaría: País de Nieve.

Las primeras ondas zaperoquianas fueron de magnitud mayor que nueve pero menor que diez en la escala Ritcher, seguidas por olas sucesivas de menor intensidad con pequeños repuntes los fines de semanas y puentes a guardar. Total que, entre tanta alarma, me llegó por carambola un mensaje de una ex-senadora criolla en el que dice que perdóname pero discúlpame pero que este artículo no lo pusieron, en cobarde madrugonazo, los lacayos de este oprobioso régimen, ni los del próximo pasado sino que, lamentablemente, está, no en el Código Penal sino en el Código de Procesamiento Penal aprobado en 1926. ¡No pegastéis ni uno! Continúa la ex – Senadora diciendo que ella y un grupo de juristas ha intentado en vano derogar del CPP el capítulo de los llamados “delitos contra las buenas costumbres y el buen orden de las familias” y que nadie nunca les ha parado medio. Ni les pararán, me atrevo a anunciar. Porque esto de reformar un artículo en un código debe ser un procedimiento muy fastidioso y que no recoge laureles. Esmás fácil formar alharaca, fruncir el ceño y gritar YOLOSABIA con suma indignación… y mandar el mensaje electrónico.

Las ondas sísmicas siguen las leyes de la física y por eso son estudiables y predecibles. Curioso que las ondas de la desinformación sean también predecibles y estudiables aunque no sigan una ley sino un mandato: Utiliza cualquier herramienta que te permita hablar mal…. que algo queda.

Aflojando el nudo

El primero de junio y el primero de octubre son los días oficiales para el cambio de uniforme en las escuelas y liceos. En junio se cambian la camisa manga larga y la chaqueta de lana por camisas manga corta sin chaqueta. En octubre, cual película en reverso, se guarda en naftalina la versión venariega del uniforme y se saca la versión invernal. Es todo un espectáculo, pues el primero de junio el mundo amanece cual marinero, de blanco y azul, refrescando la vista y los corazones. Por otro lado, pero despacito, el primero de octubre baja una cortina de colores sobrios recordándole a grillos y hormigas que ahí viene el largo invierno.

A diferencia del neo-conservadurismo latente en unas botas de cuero en Maracaibo, esta costumbre del cambio de ropa es un claro ejemplo de comunismo estacional: cada quién según la temperatura ambiente y a cada cual según su temperatura corporal. Claro que, como todo comunismo, éste necesita una actualización siglo veintiuno que lo adapte a las necesidades del zanjón: calentamiento global y altos precios del petróleo. No puede un sistema viable y sustentable, conformarse con que los muchachos y los oficinistas pasen de la manga larga a la manga corta sin atacar, al mismo tiempo, al enemigo milenario de la frescura y el buen olor, ese terrible flagelo que acompaña al hombre desde que Moisés atravesó el desierto y al llegar sin corbata, sucio y negrísimo de tanto sol, le negaron entrada a la tierra prometida. Si, esa misma corbata se ha convertido en el enemigo a vencer en la cruzada contra el abuso del aire acondicionado. Gracias a los oficios de la Ministra para el Ambiente, el gobierno nacional decretó revolucionariamente que, a partir del 1 de junio hasta el 30 de septiembre, los empleados públicos pueden ir a trabajar sin corbata y sin paltó. Esta política permitirá que los aparatos de aire acondicionado en las dependencies públicas puedan ser ajustados a 28 grados en lugar de los populares 26 o los exagerados 22 que usa la burocracia local, con un gran ahorro de energía y una considerable disminución de la emisión de gases nocivos.

Pero, si hay algo más difícil de vencer que los hongos en los pies es la resistencia a la innovación. A pesar de la buena acogida que le dio la prensa, a pesar de los comentarios favorables de educadores y de ambientalistas, a pesar del gusto con que Koizumi se ha aflojado el nudo, no ha faltado quien le consiga peros a esta medida. No es una iglesia que teme que la muestra de codos y antebrazos incite al pecado. No es la asociación de dermatólogos que pronostica un aumento del cáncer de piel. No es la oposición que no ve sino una vil maniobra del gobierno para perpetuarse en el poder. No es el Koizumismo sin Koizumi. El rechazo viene, y no deja de producir cierta simpatía, de la asociación nacional de fabricantes y distribuidores de corbatas, que rechazan la intervención gubernamental en el equilibrio del mercado. Esta asociación piensa que ¡cómo va a venir el gobierno a decirle a la gente que no importa que ande sin corbata! Sinceramente. Ahora lo que falta, dicen los corbateros, es que la porción femenina de la administración pública haga a un lado todo pudor sentido común y se presente a trabajar en sandalia y sin medias. Por terrible y lejana que pueda parecer esta posibilidad no es el momento de bajar la guardia. ¡Que suban el aire acondicionado SIN aflojar la corbata!

.Parafraseando a Abraham, “no se puede complacer a todo el mundo todo el tiempo

Thursday, January 11, 2007

La Princesa y la dote

Existen las leyes de la conservación de la masa, de la conservación de la energía y la ley de la conservación del número de princesas. De otra forma no podría explicarse que en un mes el mundo haya ganado una princesa para perder exactamente otra. Japón cierra la semana con una princesa menos en su corta lista de personajes reales; el martes 15, día de gran augurio según el calendario nipón, la hoy ex-princesa Nori se desposó con un plebeyo para convertirse en la señora Sayako Kuroda.

Para bien o para mal no tuvimos aquí la desgarradora historia de una princesa puesta a escoger entre su fidelidad al trono del crisantemo o los dictados de su corazón. Desde su nacimiento la dulce Sayako estaba destinada a abandonar su casa por amor. Dicen las estrictas normas de la casa imperial japonesa que toda mujer miembro de esta distinguida familia saldrá de ella cuando le toque casarse. Punto. Solución salomónica y draconiana que les evita a los ciudadanos japoneses la incómoda situación de tener que mantener a un individuo de sangre roja que quiera, a cuenta de su cara, vivir a costillas de los impuestos del pueblo y le ahorra a la princesa el "¿es por mí o por mi dinero?".

La antiguamente conocida como princesa Nori tiene 36 años y su amantísimo esposo, 40. Como en tantas historias plebeyas, el novio es amigo y compañero de estudios del hermano de la princesa y quedó prendado de ella al reencontrarla después de 10 años de no verla. Será de no verla en persona, porque la princesa sale con bastante frecuencia en las revistas y en la televisión local, visitando escuelas, admirando exposiciones, escuchando conciertos y juzgando concursos de oratoria. Pero, la historia oficial dice que el señor Kuroda tenia ¡ufff! que no veía a la pequeña Norinomiya (su nombre imperial) y cuando, casualmente, la volvió a encontrar en casa de su íntimo amigo, el príncipe Akishino, aquello fue amor a primera re-vista. Para que los periodistas y los chismosos no se dieran cuenta del recién nacido romance, el príncipe y su esposa, Kiko, se dedicaron a invitar a la pareja a cuanta reunión se les ocurría: que si ir a buscar cisnes negros en tal lago, intercambiar poemas sobre el espinito en una tarde de lluvia, escuchar el cantar de los grillos a orillas de un riachuelo, mirar luciérnagas en una noche verianiega, en fin, un sin número de actividades de corte naturista que proporcionaba el marco ideal para el cultivo del amor. Cuando ya se sintieron seguros de su mutuos sentimientos pidieron permiso para casarse y de ahí en adelante, como cualquier par de novios, eso fue un bululú que ni les cuento. Como la princesa pierde todo privilegio real y como la familia imperial no posee bienes de fortuna propios, el parlamento aprobó una partida única para la princesa que le permitirá establecerse fuera del palacio con la dignidad que le corresponde a su origen. En términos aproximados, se le asignó un millón y medio de dólares, de los cuales la prensa especializada reportó que un millón ya se fue en comprar y amoblar el nuevo apartamento del que será su hogar. Sin contar la cuota del condominio.

No es de extrañar que las jóvenes parejas niponas estén cada vez más reacias a abandonar el nido, si de una dote de millón y medio de dólares casi no queda vuelto después de comprar no una mansión, sino un apartamento... ¡Cuántos padres no desearán que las normas de la casa imperial se conviertan en ley nacional, desde la salida forzosa hasta la partida generosa aprobada por los diputados!

Monday, January 08, 2007

Restréguese duro

“Una buena esposa no puede dejar que esto le pase a su marido.” Seguramente un artículo más sobre el daño que una vida llena de excesos ocasiona a la salud de cualquier consorte demasiado ocupado para preocuparse por su propio bienestar: diabetes, enfermedades coronarias, gota, cáncer, pie de atleta, en fin, las mil y una enfermedades fácilmente evitables si no se toma tanta cerveza, no se come tanto chicharrón, no se fuma tanto cigarro, no se trabaja tanto, se hace ejercicio moderado, se duerme diariamente el número adecuado de horas, se observan básicas normas de higiene y no se acumulan cantidades excesivas de estrés. Mision imposible.

¡Sorpresa! Leo el artículo y me entero que aquello que ninguna mujer decente, de su casa y dedicada a la preservación de la familia como célula fundamental de la sociedad, puede dejar que le suceda a su media mandarina es que éste salga hediondo de casa.

¿Hediondo? ¡Pero si él usa desodorante! Si, pero no. Déjeme aclarar primero una cosa: si algo tiene el japonés es pulcritud corporal. Para esta gente el baño es una parte importantísima de la rutina diaria, un acto que se asume con seriedad y responsabilidad. Olvídese de las frívolas duchas para “mojar el sucio”, de esas que abundan en el trópico y en la película Psico. Aquí usted se friega, se enjuaga, se remoja y descansa sumergido en una bañera con agua a por lo menos 40 grados centígrados, proceso que comprenderá no se lleva a cabo en cinco ni diez minutos y que se repite cada noche. Aclaración que nos lleva a la pregunta lógica ¿cómo se va a poner la gente hedionda en medio de tanta pulcritud? Bueno, en primer lugar no es la gente, la que se pone hedionda. Este fenómeno, según una famosa una compañía de cosméticos ataca a la mitad de la población con ciertas características cromosómicas y de desgaste. El tiempo pasa, usted se va poniendo viejo y las glándulas sudorípadas, y la gravedad, le hacen una mala jugada. Atrasito de las orejas, como quien sube, pero no tanto, parece que no huele tan bien a los 10 como a los 50. Es un olorcito algo rancio, como a pasado, como a trajinado, como a cansado. Es este olor, y el color del bigote, lo que delata al cincuentón. No importa si se pinta el pelo de negro azabache o si el lunar que tenía al lado de la nariz se lo muda para la comisura exterior del ojo. Llámese Marcel o llámese como sea, lucirá igualito, le hablará como si apenas comienzó a ver el mundo esta mañana, tratará de convencerle de que nunca ha quebrado un plato, ni ha roto una promesa, ni ha pasado por encima de un principio, pero acérquesele lo suficiente y se dará cuenta de que aunque le duela, huele.

Por eso es que el fabricante de cosméticos le recomienda a la Dulcinea de la casa que le compre a su querido Alonso el shampú que no sólo le eliminará la caspa y le detendrá la caída del cabello sino que, generosamente aplicado del cuello para arriba, hará desaparecer ese olor a medicina vencida que le hace tan cuesta arriba toda lucha. Con este shampú podrá salir a conquistar el mundo y sus colegas femeninas se le acercarán para hacerle alguna consulta, las mesoneras del restaurant se tomarán el tiempo para tomar su pedido, las reporteras se atreverán a susurrarle cualquier consejo y sus lindos nietecitos le caerán a besos sin que tenga que sobornar ni prometer premios a ninguno de estos sectores de la población.

No necesita acondicionador.