Kitty quieren ser todas
La pequeña y saludadora Kitty acaba de alcanzar la interesante edad de treinta años y lo está celebrando a lo largo y ancho del imperio con eventos que van desde la simple exposición de productos adornados por su redonda cara y una “Hello de Milo” del diseñador Jeremy Scott, hasta el lanzamiento de una comida especial tipo cajita feliz que viene en un envase de plástico reusable con forma de lacito. Del otro lado del Pacífico, más acá del Meta, en el Rockefeller Center, hubo fiesta y hasta se ha abierto un sitio de subastas http://auctions.yahoo.com/booth/hellokittytarget en el que el devoto público podrá, hasta el diez de noviembre, pujar por una enorme gama de peroles y perolitos: un kitty-trailer completamente equipado con muebles y accesorios de la gatita, kitty-anteojos de sol, kitty-afiches pintados por Sidney Potier o una kitty-lámpara de candelabro perpetrada por Tarina Tarantino. El dinero recogido en esta subasta será dado en contribución a Unicef para sus programas de educación para niñas y a Target House, un hogar para niños que están recibiendo tratamiento prolongado en el St. Jude Research Hospital, Tennessee, EEUU.
Ahí donde usted la ve, Kitty representa la bicoca de un billón de dólares en ventas de producto y de marca, con 600 nuevos productos saliendo cada mes al mercado de sesenta países. ¿Cómo os ha quedado el órgano visual? Y todo eso para una humilde gatita que, según su biografìa, nació un primero de noviembre en las afueras de Londres, en el seno de la familia formada por los señores George y Mary White. Tiene una hermana gemela que se llama Mimi, fácilmente distinguible de la señora Lazo por la posición del acento, de la morocha por la posición del lazo, y de ambas por su timidez y modestia. Nuestra querida Kitty mide el equivalente a cinco manzanas y pesa el equivalente a tres. Su tipo de sangre es A+ y su pasatiempo favorito es hacer galletitas.
Contrario a lo que podría pensarse para un producto cuyo público primario son las niñas, cumplir treinta años, en lugar de quitarle encanto a Kitty, la ha revaluado en extremo y la ha convertido en un ícono. Quizás se deba esto a que es esta precisamente la edad ideal para la mujer ídem. La edad a la que toda mujer debería llegar cuanto antes para no salir de ella más nunca. Un inseguro muchacho de quince sueña y fantasea con todas las cosas que le puede enseñar la profesora de Literatura o las amigas de su tía más joven. Un adulto joven, lleno de dudas sobre su valía y sobre su futuro, sabe que una mujer hecha y derecha, recién llegada la cima desde la que todo es caida en movimiento uniformemente acelerado, es la pareja ideal para que lo entienda, lo quiera, lo guíe y hasta, con un poco de suerte, lo mantenga por un tiempo, mientras se encamina. El hombre maduro pero algo problematizado, enfrentado a la crisis de la mediana edad sabe que sólo una mujer más allá de la adolescencia pero bastante más acá de la deblacle es lo que él necesita como tratamiento mágico para la auto-estima, levantada gracias a las generosas dosis de asombro ante la sabiduría y la erudicción. Si, erudicción. Por ello es que toda mujer de la porción más civilizada del globo (ya sabemos que la otra no cuenta tanto) celebra como suyo el cumpleaños de la adorable, inefable e inescrutable Hello Kitty, quien, entre sus múltiples y nunca bien ponderadas cualidades no sólo no cuenta con una estrecha cintura ni con un exhuberante busto, sino que, mejor aún, carece expresión facial y así nunca sonríe cuando quien la mira está triste, ni llora cuando quien la mira está de fiesta; tampoco tiene boca para quejarse, ni para protestar, ni para hablar mucho, ni poco, ni bien, ni mal. ¿La querrán igual a los cuarenta? ¿y más allá?
Publicado en el diario El Mundo

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