Condena condicionada
El veinticinco de noviembre es el Día Internacional del Rechazo a la Violencia contra la Mujer. Un día, nuestros tataranietos se reirán de que haya habido un día internacional para rechazar la violencia hacia la mujer. Ojalá la risa sea porque ya no habrá violencia en la que la víctima se escoge por género y no porque las mujeres hayan logrado convecer al mundo de que pueden descender a las mismas profundidades de sus colegas con pipí. ¿Tú sabes Abu Ghraib?
El veinticinco de noviembre de 1960, Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, luchadoras de la resistencia contra el gobierno del dictador Trujillo en la República Dominicana, fueron interceptadas por su Servicio Militar de Inteligencia cuando venían de visitar en la cárcel a los esposos de Minerva y María Teresa. Luego de ser torturadas, golpeadas y estranguladas, sus cuerpos destrozados fueron devueltos al vehículo en el que viajaban y éste fue arrojado a un precipicio para simular un accidente. El dictador cayó en l961.
La historia siempre tiende a ser escrita en tonos favorecedores. La historia dice que el “horroroso asesinato de las hermanas Mirabal galvanizó al pueblo dominicano en su lucha contra el tirano y aceleró su caída”. Que “el asesinato produjo un gran sentimiento de dolor en TODO el país y sirvió para fortalecer el espíritu patriótico de un pueblo que exigía un gobierno democrático que respetase la dignidad humana”. La historia romántica no habla, porque queda feo, de “otras” reacciones al asesinato de las tres hermanas. No cuenta cómo muchas señoras y señores aún “lamentando profundamente el trágico hecho” no podían dejar de señalar que las jóvenes no eran exactamente el modelo de la perfecta ama de casa. Como no faltó quién comentase que si se hubiesen quedado tranquilas en casa, no habrían atraído la furia del dictador sobre ellas, sus familias y sus amistades. Que una señora que las conocía bien dijo que ellas, en el fondo, eran unas arribistas a las que les encantaban las joyas y los vestidos de seda, como se desprende de sus frecuentes visitas a las casas importadoras. Que un noviecito de la adolescencia a salió a contar a los cronistas que una de las hermanitas, resentida porque se sentía fea era un instrumento ciego en manos de aquellos que querían destruir todo lo bello que tiene esa tierra de gracia, incluyendo el merengue. Que gente muy decente pero “muy crítica y pragmática” concluyó que, por horrendo que suene, el crimen fue obra de los mismos compañeros de las Mariposas Mirabal, que las sacrificaron en aras de la lucha contra la dictadura. ¿Habrá preguntado alguien que de dónde sacaron para andar en ese carro tan caro?
¡Qué lástima !¿o será mejor ¡qué suerte!? que en la época no existía Internet ni sus listas de correo electrónico y que los artículos en los periódicos no quedaban en los archivos para su consulta inmediata. Qué lástima y qué suerte, pues así no queda evidencia de la mezquindad y estupidez de tanto opinador de oficio que se horroriza ante un crimen, pero que hace punto de honor el dejar muy en claro que tampoco es que la víctima era un angelito, y que, en cierta forma, cosechó lo que sembró, diluyendo en agua sucia la condena. ¿No saben que cuando se detiene a tres personas, se las tortura, se las viola, se las estrangula y luego se lanzan los cadáveres por un barranco, ya no importa si son tres prostitutas o tres heroínas de la patria? Lo único importante es que el grupo asesino se burla y ofende a los muertos pero más se burla y ofende a los vivos. Se burla porque se cree más fuerte y poderoso que el resto de los ciudadanos y asume que el crimen horrible, escandaloso, explosivo, notorio, evidente, y cualquier otro adjetivo que usted le quiera poner, quedará impune. Nos ofende pues se atreve a sembrar el terror en nuestras calles, en nuestras vidas. Triunfa cuando el ciudadano de a pie condiciona la condena y matiza el rechazo.
M.C.Valecillos

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