Bodas (y) reales
Si hay algo que alegra las almas, enternece los corazones y nos hace sentir solidarios y agradecidos por el privilegio de pertenecer al género humano, es una boda. Aunque sea de gente que uno no conoce. Fíjense lo contentos que nos pusimos con la boda de la chica de la Academia Mérici con el biznieto del dictador Franco. Imagínense cuando logremos casar a una biznieta de nuestro dictador o de su mano derecha con algún des-heredero real europeo. Los comentaristas de las páginas sociales estaban que se mordían el codo, no por que les molestase no haber recibido una invitación para pasar un fin de semana en Punta Cana con gastos a cargo de la empresa sino por la frustración de no poder ser testigo presencial de la felicidad del prójimo. Menos mal que los cronistas más avispados pudieron vengarse, digo, pudieron subsanar la falta de información de primera mano con una minuciosa búsqueda en los archivos de la prensa melón y así ofrecernos información tan punzo penetrante como “carentes de títulos nobiliarios (los padres de la futura señora) subrayaron en la nota que eran descendientes de conquistadores y al apellido le agregaron la preposición de”. O tan inescrutable como que “el abolengo de la novia está vinculado con la gran fortuna que ha hecho su padre”. En aras del equilibrio en la información, otra crónica, titulada “Desdichados” para estar a tono con el decorado rosa, comienza así: “la mala suerte parece ser una de las compañías de la familia (del novio)” (al fondo, el tema musical de Tiburón).
Me acordé de todo esto porque en el archipiélago hay júbilo por el compromiso de la Princesa Sayako (Princesa Nori, pa’los panas) con un señor Kuroda. No crean que fue fácil para la princesa conseguir novio y casarse. Japón no dispone de una aristrocracia entre la cual escoger candidatos de sangre azul, ni pueden éstos compensar el rojo de su sangre con una gran fortuna antigua o reciente. Descartados, por conflictivos, están también los políticos y sus hijos. Para estrechar aún más el cuadro, las descendientes de la casa del crisantemo pierden títulos y castillos cuando se casan. A la final parece que la única vía hacia el matrimonio para una princesa japonesa es la vía plebeya: la chica que se enamora del amigo de su hermano mayor, dos años de noviazgo en el máximo secreto y ¡Bravo!, matrimonio el año próximo.
Afortunadamente el quesquecé de apremio que se notaba en la casa imperial y en sus súbditos por la edad de la princesa resultó ser infundado. Al fin y al cabo, la princesa es una nativa del año del gallo según el horóscopo chino y mujeres nacidas bajo este signo son muy discretas, de mente analítica, extremadamente pacientes y diligentes. Lo que muchos llaman la esposa ideal. Terrible habría sido si la princesa hubiese nacido tres años antes, en el pavosísimo1966. Las mujeres nacidas en 1966 tienen fama de caprichosas, antipáticas y rencorosas. Tanto así que si se miran los datos de crecimiento de la población japonesa, se nota que en 1966 hay un bajón notable en el número de bebés matriculados pues un buen número de parejas prefirió postergar el encargo hasta 1967, evitando así el riesgo de tener una mujer soltera en casa amargándole la vida a sus familiares y amigos. Claro que todo esto es pura superstición y cuento. Hay cantidad de mujeres fastidiosas y rencorosas de todas las edades y estado civil… pero un alto porcentaje es del 66. Hay mujeres solteras que son muy felices y que disfrutan de una vida plena… pero pocas nacidas en 1966. O por lo menos eso dicen los que creen en esas cosas.
M.C.Valecillos

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