Thursday, October 27, 2005

Dimensionando la solidaridad

Agradezco en grado sumo a aquellos que gentilmente y con la buena intención de ahorrarme el siempre engorroso proceso de pensar y decidir, me incluyeron en una petición online para que le otorguen el Oscar de la Academia a una película venezolana que no he tenido oportunidad de ver. Gracias, pero no, gracias. Pavlov no vive aquí.

Este gesto me hizo recordar que hace poco alguien me pidió que firmara una petición para que le den el premio Nobel de la Paz a Bill Gates, quien se ha propuesto combatir la crisis de la mediana edad dedicando el 90% de su fortuna a obras sociales, quedándose apenas con
unos 470 millones de dólares. Contesté que guardo mi firma para cuando Gates decida destinar el 99.99% de sus bienes a la caridad y quedarse sólo con 4 milloncitos y pico para sus tratamientos de calvicie, sus compras de Viagra y una pequeña operación de la próstata. No porque yo pretenda que Bill se convierta él solito en salvador del mundo, sino porque cuatro millones, aunque sean de dólares, son más fáciles de lidiar, sopesar e imaginar.

No es cinismo sino que tengo poca imaginación numeral. Me cuesta, por ejemplo captar que el Universo se formó hace 13 mil millones de años; a duras penas logro aceptar que el mamut de Yukagir haya vivido en Siberia hace 18.000 años y por eso envidio a los creacionistas que
construyen el mundo en seis días, y en un santiamén se despachan la historia de la humanidad.

Poca fantasía y mucho escepticismo son mis cruces.

¡Tan lindo que sería poder solidarizarme de corazón con los compatriotas que han visto amenazado su sagrado derecho a la propiedad en la tierra de Bolívar! Exprimo mis reservas de empatía, cierro los ojos y trato de formar una imagen de lo que sería una hacienda de ocho
mil quinientas hectáreas o una de cincuenta mil. En los Estados Unidos una hacienda familiar puede tener unas 250 hectáreas y el rancho del presidente Bush en Texas se extiende oficialmente por 650 hectáreas. Pero Bush nunca ha producido otra cosa que miseria. Tengo entendido que en Inglaterra, Francia o Alemania una hacienda tendría, en promedio, unas 50 hectáreas. Pero estos europeos no saben pensar en grande. En Zimbabwe, agobiados por el latifundio, la exclusión social, el racismo y cuanta plaga pueda dejar el colonialismo y la invasión
extranjera, las haciendas tienen de 3.000 o 20.000 hectáreas, con una productividad promedio de 40% . Pero eso es Zimbabwe, que ahora es cuando tiene camino que recorrer.

Ocho mil quinientas hectáreas son 85 kilómetros cuadrados. Entre Catia y Petare sólo hay 25 kilómetros, y apenas cuatro cortos kilómetros entre el Ávila y el Guaire, es decir, 100 kilómetros cuadraditos.

El área metropolitana de Caracas abarca unos 360 kilómetros cuadrados; o sea, que en una Sultana caben apenas unas cuatro Marquesas, en tanto que en 50.000 hectáreas podemos meter dos valles de Caracas y sobra. Los números dicen que como que todo el valle de Caracas en manos de una familia no es causa que necesite urgentemente de mi apoyo. Como que dos áreas metropolitanas bajo la dirección de un solo grupo económico no es precisamente la bandera bajo la cual me dispondría a luchar y a quemar calorías. Además, no voy al cine.

Lo que sí me gustaría iniciar es una lista de felicitaciones a los alumnos y ex alumnos de la Unidad Escolar Gran Colombia, en Los Rosales, Caracas, por el rescate y re-inauguración de tan ilustre institución educativa ¡Palo de escuela, amigos!

Wednesday, October 12, 2005

Blanco por dentro, Rojo por fuera

El hijo de mi vecina, seguramente adoctrinado por quién sabe qué trasnochado izquierdista le pidio a su mamá nada más ni nada menos que ¡una gorra roja¡.

La fulana gorrita es de rigor en casi todas las escuelas públicas, y
tiene como característica sinequanon el ser fácilmente doblable y
lavable así como estrictamente reversible, con un lado rojo como mi
sangre azul y el otro blanco como mi oscura conciencia. En principio,
la gorra se usa con lo rojo hacia afuera en cuanto paseo o actividad
extra-muros que haya; el color sirve para localizar desde lejos a los
chamos, distinguiéndolos a distancia de otros grupos de niños más
pequeños (los kindergarterinos generalmente andan de gorra amarilla) o
de grupos de pavos rebeldes de poca estatura (recordad que un niño de
quinto o sexto grado ya pasa del metro y medio). Dentro de los predios
académicos, los niños se ponen su gorra durante las actividades de
educación física para protegerse del sol.

Pero la función paradigmática de esta prenda es servir como mecanismo
de selección y división. Cada vez que el maestro necesita separar a la
clase en dos bandos no hace más que pedirle a la mitad que se ponga la
cachucha roja y a la otra mitad que también pero volteada, no a'la
Enrique, que la neutraliza, sino con lo de adentro para fuera, de
manera tal que se convierta en una cachucha blanca. Tal versatilidad
permite a la maestra cambiar los cauchos con el carro andando y, si se
da cuenta que el equipo de los blancos tiene clara supremacía en
corredores de distancia corta, en un dos por tres hace de unos
blancos, rojos y de unos rojos, blancos de manera que la competencia
continúe sin excesiva ventaja para ninguno de los grupos. Puede
suceder, también, que un chiquillo esté acostumbrado a jugar en el
equipo de los blancos y una mañana cualquiera amanezca de rojo,
simplemente porque el equipo rojo tuvo varias bajas debido a una gripe
que está dando y necesita refuerzos. Total, que eso es un eterno me
pongo la gorra roja, me pongo la gorra blanca, vuelta a la gorra roja
y así hasta que la pobre gorrita, de tanta vuelta y revuelta termina
sumamente deshilachada y bastante desteñida.

Por eso es que, aprovechando la generosidad materna y antes de la
fiesta deportiva anual, nuestro joven alumno quiere una gorra bien
roja que encandile a sus contrincantes y los prepare psicológicamente
para pedir cacao. Lo demás es cruzar los dedos para que a la maestra
no se ocurra, a última hora, pasarlo para los blancos... que le ha
sucedido a muchos, muchas veces.

Manzana!

M.C.Valecillos