La Vía Rosa
El sistema de transporte público japonés es uno de los más eficientes del mundo. Sólo con eficiencia es posible desplazar el bojote de gente que, menos el domingo, quiere llegar muy juntita, al mismo sitio, a la misma hora. Por eso hay empleados en las estaciones que, de guantes blancos y cara seria ayudan a empujar esa última espalda que no deja que cuadren las puertas o terminan de meter ese maletín cobarde que se niega a acompañar a su dueño en otra larga jornada. Pero aquél que cree que ya abordado el tren todo es esperar a que éste lo deposite en la estación destino no ha visto llaga sino peladura.
Una vez que arranca el tren es que comienza el verdadero suplicio, o por lo menos así lo ha sufrido en carne propia gran parte de las usuarias, víctimas del abuso sexual sobre rieles por parte de aberrados que aprovechan el hacinamiento y el anonimato para hacer de las suyas tocando aquí y allá. A pesar de que la policía y los empleados de las estaciones han redoblado los esfuerzos de vigilancia y que, con afiches y campañas educativas, se ha logrado levantar un poco el nivel de alerta y solidaridad entre los pasajeros, el número de estos asaltos no termina de disminuir. Salomón al rescate. Así como en la antigüedad de los tiempos las niñas y los niños hacíamos fila por separado antes de entrar al salón de clases, hoy día las mujeres de Tokio y Nagoya tienen sus vagones exclusivos para su uso y disfrute: bienvenidas a los vagones rosados.
Como nota curiosa, no fue el exceso sino el poco número de pasajeros lo que llevó a que algunas líneas de metro instauraran este servicio para señoras y señoritas en los trenes nocturnos, tratando de ahorrarle a las usuarias la desagradable experiencia de compartir el vagón o el asiento con un borrachín. Con cierto escepticismo se recibió la medida, considerada sobreprotectora y condescendiente hacia las mujeres niponas. Pero quien así pensó nunca ha abordado un vagón a las 11 de la noche para conseguirse que los otros tres únicos pasajeros son unos tipos con demasiadas cervezas entre techo y espada.
En vista del éxito de los vagones nocturnos sólo-para-mujeres, la medida fue extendida a trenes diurnos con alta concentración de usuarios en los que se destina uno o dos vagones para uso exclusivamente femenino, en los que no sólo están ausentes los bigotes y el vello axilar, sino la obligación de sentarse con las rodillitas muy juntas. Pero como todo en esta vida se rige por la ley de acción y reacción, inmediatamente se formó la asociación de usuarios contra la segregación en el metro, constituida por varones mayores de edad, libres de toda sospecha de intenciones inconfesables. No añoran estos señores la compañía femenina que les servía de solaz y consuelo en el comienzo de la larga jornada diaria. No extrañan la dulce mezcla de perfume, champú y pastillas de menta que inundaba los vagones matutinos. No suspiran por los afilados tacones que tantas veces se incrustaron con inmerecido ahínco en sus mocasines. No sueñan con la perdida oportunidad de ganar una sonrisa ofreciendo un asiento. No, la asociación de usuarios sólo pide justicia e igualdad y para ello ha impuesto dos condiciones a las líneas de transporte: que si van a poner vagones rosados que por lo menos estos no sean los que quedan más cerca de las escaleras mecánicas y que publiquen las direcciones y número de teléfono de todas las usuarias matutinas. Están recogiendo firmas y son financiados por el National Endowment Raspa Democracias.
